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20 de abril de 2020

Aprender y mejorar

 
Desde la segunda semana del estado de alarma con su reclusión domiciliaria, se ha hecho habitual en los medios de comunicación el discurso de la ocasión propicia y la bondad oculta: esta situación nos está enseñando mucho, es el momento para volverse sobre uno mismo, conocer nuestro interior, ser creativos, llevar a la práctica propósitos que hemos ido aparcando por falta de tiempo (y que pueden realizarse en casa, claro); en suma, nos va a hacer mejores y saldremos reforzados de ella.
¡Mentira!, ¡es todo mentira!
Ingenuidad infundada, postureo hipócrita, fomento simplón del buenismo, bálsamo lenitivo para conciencias enclaustradas y contagio de buenas intenciones condenadas a marchitarse, como las del año nuevo. Que cada uno se sirva a discreción la mentira más de su gusto.
Si el paso del tiempo, por sí mismo, no tiene la facultad de mejorar a nadie, las situaciones extraordinarias, como esta, tampoco. Cuando menos a partir de cierta edad. Tampoco pueden enseñar, ni un poco siquiera, se precisa algo más, algo previo. Platón nos mostró, por boca de Diotima, que quien no cree estar falto de nada ¿cómo va a desear lo que no cree necesitar?, lo mismo que quien ya cree poseerlo. Nadie aprende sin actitud para hacerlo, sin la humildad necesaria para comprender, a la par, la lejanía de cuanto nos envuelve y la posibilidad de caminar hacia ello.
Quienes no saben, no pueden, o no quieren dejar de mirar al exterior, nunca se van a volcar en sí mismos. Viven en la sombra de la exterioridad deseada, muy lejos del interior. Son presos pegados a los barrotes, esperando con ansia el momento en que sean derribados. Con el añadido de que lo deseado, cuanto más se difiere, más se va cargando de ilusiones y recuerdos adulterados, más se va idealizando.
Tampoco busca creencias nuevas quien confía recuperar las que tiene, y entiende el presente como paréntesis desafortunado para volver al pasado, al más de lo mismo. Ya pasó con la crisis del dos mil ocho, solo los dispuestos a aprender, los que ya estaban comprometidos con sus prójimos y algunos de los más afectados, aprendieron y emprendieron caminos nuevos.
Camus nos mostró de manera magistral en La peste, como las situaciones límites sacan a la luz lo que ya está oculto en cada uno de nosotros, y también que no cambian sino a quien está dispuesto a hacerlo, a quien ya cambiaba y aprendía con los sucesos pequeños, incluso con los cotidianos.
Cuando la balanza se encuentra equilibrada, de modo frágil la mayor parte de las veces, un empujón, un golpe brusco como este, desencadena la inclinación hacia el lado que ni uno mismo sospechaba y se acaba siendo villano de barrio o héroe de andar por casa. Sólo cuando la circunstancia así lo quiere unos pocos de estos serán recordados por sus acciones nobles.
Hay que acercarse a los más jóvenes, a los adolescentes y sobre todo a los niños, para encontrar las huellas profundas de estos días, pero esta ya es cuestión distinta.

6 de mayo de 2019

Horizontes

Para Paco, mi amigo. 

Cómo enfrentar el futuro incierto, cuando el cielo es tan sucio que ni siquiera somos capaces de imaginar el sol.
Caminamos siempre en la ignorancia del futuro, pero también en su confianza y cuando ésta se trunca el camino no es difícil, sino perdido. Nuestros pasos se tornan movimiento mecánico, pesado las más de las veces, absurdo a ratos y sin fuerzas de continuo. Los músculos no hacen más que cumplir, sin saberlo, los mandatos nacidos del fondo de nuestro ser, fuente de toda fuerza. Un fondo ausente, que nos vamos modelando sobre el torno del pasado con barro tierno del mañana.
¿Qué podemos construir si, un mal día, el barro se nos vuelve agua sucia?
¿Cómo avanzaremos si perdemos el horizonte? Si la fría luz de la consciencia se hace carne y lo derriba, ¡en un instante! Como el relámpago que muestra un abismo a nuestros pies cuando nos creíamos seguros.
El horizonte perdido no regresa jamás, pero seríamos necios amando lo perdido, porque amar siempre es presente, deseo naciente, sed de futuro. Amamos la vida y la estación de los amores viene y va renovando lo que ahora parece lejano, apagado, inalcanzable.
Los horizontes perdidos dan paso a otros nuevos, instantáneamente renovados con la fuerza del amor a la vida. Y el reverso del dolor aumenta nuestra dicha al alumbrar la nueva intensidad del tiempo, que pone un barro más puro, más moldeable, en nuestras manos.
Los deseos no envejecen a pesar de la edad o de las dificultades, más bien crecen, y con ellos la carne consciente, cuya herida creíamos la más cruel ladrona, se nos revela de pronto maestra: bebe el sabor de cada nuevo encuentro, unge tu cuerpo con el gozo del instante, de cada instante, y nunca sucumbas al letargo que los deja escapar.
El sol de la tarde alarga las sombras, y su burlona huida despierta el gusano de la desesperanza, la sospecha de que nuestros pasos son inútiles para alcanzarlas. Mas así es la vida del hombre, deseo perpetuo de sombras, y mientras haya deseo habrá futuro, habrá vida.


29 de octubre de 2017

Conectados

Cuando una llamada telefónica interrumpía momentos de sosiego, como los de la comida, los de buena mañana, o los de la noche, sólo podía indicar tres posibilidades: una mala noticia, una buenísima o que algún impertinente, carente de educación y modales, nos pedía un favor. Servidor, será por mi natural, tendía a pensar en la primera cuando en tales momentos el timbre me alarmaba. Las llamadas superfluas eran raras porque cada una costaba dinero y no estábamos para gastarlo en tonterías. Un trabajador podía descansar de su jornada con sólo no descolgar el aparato o mandar a su hijo con la consigna: “si es fulano di que no estoy en casa”. Situaciones de difícil comprensión para los más jóvenes, pero añoradas por quienes somos algo más mayores.
Con las llamadas urbanas gratuitas, poco a poco, se pasó al triunfo de la superfluidad. Llamábamos al vecino de arriba para quedar, en lugar de acercarnos a su puerta; preguntábamos lo que ya nos habían dicho y no habíamos atendido porque: ¡ya preguntaré, que es gratis!. Y, lo peor, ya no había excusa para no llamar al jefe al volver a casa, si este nos había buscado antes.
Los mensajes de texto, mucho más baratos que las llamadas desde el teléfono móvil, fueron cobrando cada vez más fuerza, pero fue la aparición del wasap la que cambió nuestros hábitos y disponibilidades ante el teléfono. Permite mandar texto, imágenes y voz ¡de modo gratuito!, con tener una red a nuestra disposición no necesitamos ni contratar datos móviles. Su resultado es la generalizada grosería que padecemos: mandamos mensajes sin pudor alguno a cualquier hora del día o de la noche, la inmensa mayoría prescindibles, y para colmo ¡exigimos una inmediata respuesta!
Varias consecuencias de esta nueva esclavitud voluntaria:
1ª.- Hemos pasado de la situación de necesidad a la situación de disponibilidad continua: de la noticia urgente o el aviso necesario, que podía saltar cualquier norma de oportunidad, hemos pasado a la obligación de estar en perpetuo estado receptivo, so pena de sufrir riesgo de exclusión social. No sólo nos tildan de antediluvianos si no respondemos con celeridad, sino que vamos siendo relegados del grupo correspondiente.
2ª.- Paralelamente, el juego de la continua disponibilidad genera un ruido perenne que elimina, en primer lugar, la capacidad de escucha: la inmediatez de lo virtual y la saturación de mensajes, imágenes, vídeos, no permite discernir lo importante de lo urgente, ni lo superficial de lo necesario. El perpetuo estado de oyente impide la menor escucha, el ruido camufla el mensaje que realmente se está transmitiendo.
Ese ruido suprime, en segundo lugar, la paciencia: la velocidad de transmisión, la búsqueda de la instantaneidad global de los mensajes, que parece aproximar emisor y receptor, bloquea la capacidad de aburrimiento en la espera. El atender a la repetición monótona de la ausencia de respuesta, acompañado por la confianza en el súbito cambio, es decir la perseverante paciencia, no tiene cabida en este flujo veloz.
Una aplicación práctica y cotidiana:
En el terreno laboral y profesional, en demasiados casos el “siempre conectados” ha supesto de hecho un “siempre vigilados” y “siempre esclavizados” por el jefe, la empresa, el trabajo. No es un servicio, ni un detalle amable que se nos ofrezcan correos corporativos o móviles de empresa. “Enslaving people” es el lema oculto de este mundo interconectado.
Y una sospecha:
¿por qué tanta gente, especialmente adolescentes y jóvenes, prefiere mandar mensajes antes que llamar? Tal vez porque hablar asusta, al generar un contacto más personal, el de la voz, que parece dar miedo. La pantalla impone una separación que la voz, penetrando en nuestro interior, en nuestra misma cabeza, anula. Los ya viejos recordamos cómo poníamos mentalmente la voz de quien las escribía a las cartas de los próximos. Aquí parece darse el movimiento contrario. El “connecting people”, tal vez supone un “disconnecting people” puesto que interpone una barrera, una distancia impersonal entre quienes se relacionan. A pesar de lo cual la relación sigue siendo necesaria, como muestra, por ejemplo, que los alumnos de cualquier edad estén deseando ir a clase. No es para escuchar al profesor, sino para establecer una relación tan necesaria como estorbada por sus redes sociales y el flujo aislador de las grandes ciudades.

31 de agosto de 2015

Erosión


¡Hay que ver cómo es el día a día de la vida! Las urgencias nos van arrastrando como un río desbordado, como un torrente cuando cae una tormenta de verano, y el paseo se convierte en marcha vertiginosa, sin reparar en el camino por el que íbamos, por el que nos gustaría ir.
Hemos de soltar lastre para no ahogarnos y recordar que lo hemos soltado, o no podremos luego recuperarlo cuando las aguas vuelven a su cauce.
No es de balde navegar por este rio: ensucia, mella y deforma lo que somos por completo. Desgasta, mas embellece, con esa hermosura nacida de la erosión, tan propia de lo vivo.

22 de febrero de 2015

Huellas


No hay caminante con visión privilegiada ni olfato seguro; maleza y podredumbre ocultan un camino inexistente que espera ser abierto. Cualquier viaje, también el interior, lo es entre la niebla, aunque algunos días el sol sea radiante.
El viajero que lo inventa necesita, tanto como nosotros escucharlo, relatar los horizontes perseguidos. Días de huida y también de fiesta; noches de insomnio y otras breves como caricias.
Odiseo simboliza un doble viaje, el exterior, poblado de aventuras, peligros, y el interior, existencial, de autoconstrucción. Mas para que exista cualquiera de ellos, el viajero ha de permanecer identificable a pesar de su metamorfosis, como ya nos mostró el viejo Aristóteles al atreverse a explicar el cambio.
¿Qué otra cosa nos permite reconocer a un humano sino las huellas de su pasado? Sin las marcas que identifican al viajero su relato no sería sino un cuento inventado por un extraño, por alguien que carece de identidad. Nada podría ofrecernos, salvo un pasatiempo.
También Odiseo necesita mostrar sus huellas credenciales, pues gracias a ellos podrá su relato ser su historia y le permitirá afrontar el retorno, transformado por el tiempo y la ausencia.
Penélope, la espectadora inteligente de lo narrado, puede entender la vuelta del extraño viajero y apropiarse su historia, porque nace de un pasado común.
Sabe, además, que reconocer sus cicatrices permite abrir heridas nuevas, romper el círculo monótono tejido de día y destejido de noche, para trazar un futuro compartido.

29 de enero de 2015

Paisaje




El paisaje implica espacio, un espacio donde estamos inmersos y, por tanto, articulados en una relación mutua que nos absorbe. Ante un cuadro, una fotografía o una ventana -no deja de ser un cuadro hiperrealista- somos espectadores, seres ajenos con el poder de desconectar, porque se trata de una representación. Frente a la parcialidad de la mirada, el paisaje obliga la totalidad de nuestros sentidos, y también nuestra sensibilidad entera. Su contemplación exige una participación inmersa, “las perspectivas se multiplican, el paisaje entra a través de todos los sentidos en la subjetividad, y la relación cognoscitiva adquiere una multidimensionalidad simultánea ...” decía Luis Cencillo en el año 1971.

Teniendo que estar dentro, no habrá paisaje si no lo contemplamos como espectáculo, si no resultamos, a la vez, ajenos a ese espacio que nos implica. Actores y espectadores a un mismo tiempo, si no queremos dar paso bien a su representación gráfica, -pictórica, fotográfica o cinética- bien a su desaparición -cerrados los ojos de espectador, la mirada estética-.

El horizonte, elemento necesario de esta inmersión parcial, implica el viaje como condición de su renovación y perpetuación. Siempre estático, perennemente esquivo, perseguimos su lejana hermosura, y en este acto, resulta tan modificado como puesto a salvo. La distancia que separa fondo estático y aproximación imperfecta, alumbra la perspectiva, forzosamente cambiante, transitada por el semiactor, semiespectador que lo construye.

Un último elemento cierra esta trinidad, es la duración del proceso. Deteniéndose y haciendo surgir las figuras en cada pausa, la mirada construye el camino infinito hacia el fondo. Y con esta obligada dilatación se trama, en la urdimbre espacial, la realidad existencial de todo paisaje.


31 de diciembre de 2014

... campos de soledad, mustio collado ...


No es casual, quien llevó las fronteras de Roma a su máxima expansión. ¡El gran emperador hispano! Obligado primero a vivir de migajas y acabar al fin privado de tan grosero sustento.
Del cine al aire libre de tu columna, a la sombra que guarece miradas lascivas y encuentros clandestinos. De la sombra, al olvido.
El pasado sigue apuntando direcciones del futuro.

22 de noviembre de 2014

Enigmático transcurrir


Con frecuencia he creído entender significados que la perspectiva de los años me ha mostrado bien distintos. He caído en la cuenta de que la vivencia propia, en primera persona, arroja una luz a la comprensión que nadie, salvo ella misma, puede conceder. El tiempo y su transcurrir, enigmáticamente desigual a lo largo de la vida, pertenece a estos significados huérfanos de maduración.
Vladimir Jankélévitch me enseñó que la novedad del instante, bisagra del presente, construye el fluir temporal humano. Pero ha sido este mismo fluir el maestro que ha logrado hacerme articular informaciones prestadas y vivencias propias.
Es la novedad quien construye mi vida y la hace mía, mi biografía. Mas toda novedad depende, en primer lugar, de quien la vive, y la vida de la infancia es tan menesterosa como insaciable de experiencias. Un torrente casi continuo de novedad nutría mi construcción, y ni siquiera mis juegos preferidos, mis canciones familiares, o mis meriendas favoritas, lograban trazar una sombra de monotonía en el transcurrir de días largos, hechos de instantes fugaces. El tiempo resultaba, incomprensiblemente, tan grande en la espera de lo anhelado, como diminuto en las actividades que me ocupaban. Incluso las horas de hastío (acompañadas de moscas machadianas) eran largas no por su transcurrir mismo, sino por la tardanza del futuro deseado, que solía ser -con frecuencia- hacerme mayor.
La monotonía y el aburrimiento tan sólo han sido posibles al crecer, cuando por fin me he hecho adulto y he invertido la relación (aún no se cómo): ahora la sucesión de instantes resulta insoportablemente alargada, y sin embargo, al mirar atrás, me sorprenden los años transcurridos. La luz se encendió cuando me convertí en trabajador, no solo de los meses del verano, sino continuado, y un día “el calor, el hastío, la fatiga le revelaban su maldición, la del trabajo estúpido que daba ganas de llorar, cuya monotonía interminable consigue hacer que los días sean demasiado largos y la vida demasiado corta.” (Camus: el tercer hombre).
Me explico así porqué cuanto más cerca de mi niñez el tiempo se estiraba, preñado de largas semanas e inmensos años, y cuanto más próximo a mi adultez (e incluso ya a la vejez) más se me encoge.
El viajar me lo confirma: cuando viajo a un lugar nuevo, aunque sea tan sólo por una semana, los días son fugaces, plenos de novedad y carentes de aburrimiento. Pocos días después del regreso aquella semana se me antoja un período dilatadísimo, como si el viaje hubiera durado meses. Sin embargo, si esa misma semana la empleo en hacer apenas nada, los días monótonos se alargan, empapados de un tedio taciturno, y cuando vuelvo la vista me parece que comenzó ayer mismo.
Primo Levi y Victor Frankl vivieron semanas fugaces compuestas por días interminables. Cada jornada, monótona, indiferente e indiferenciada, reducida a continua lucha por la supervivencia, carecía para ellos de novedad alguna y, en consecuencia, era como si no transcurriese. Estas vivencias experimentadas dentro del espacio vacío, inhabitable, de los campos de exterminio, muestran un helador extremo del transcurrir temporal: la cristalización del presente, donde ni siquiera cabe el tedio. Porque la falta completa de futuro no daba lugar al aburrimiento, sino que dejaba paso, bien a una absoluta desolación, como sucedía a los “musulmanes”, bien a una obstinada y mecánica supervivencia.
Me desazona, sobre todo, barruntar que este extremo puede darse, aunque de una forma amable, en la vida de cualquiera; en la tuya y en la mía.
          Atención entre 1,27 y 2 minutos.

29 de octubre de 2014

la memoria del corazón


Decía sí, tal vez fuera no, había que remontar el tiempo a través de una memoria en sombras, nada era seguro. La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen, claro está, la memoria del corazón, que es la más segura, dicen, pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo, olvida más rápido bajo el peso de la fatiga.

                                                                              Camus, El primer hombre



Las condiciones sociomateriales pesan al recordar, como lo hace la atmósfera, inadvertidamente, por ello no han de ser descuidadas por el estudioso.

La novedad, ruptura del transcurrir cotidiano, es alimento para la memoria, al dotarla de imprescindibles referencias. Si bien, no es menos cierto, que estas dependen en buena parte de nuestro modo de vivenciarlas (hay quien sufre lo extraordinario con la intensidad con que se lava las manos, y quien sabe construir novedad con lo que a la mayoría pasa inadvertido).

Esta memoria racional, parece oponerse a la memoria del corazón, emocional, ejemplificada en Proust. Sin embargo, la magdalena activa un pasado nítido, pleno de marcos referenciales en el corazón de Swann, lo que nos hace pensar que estas memorias se complementan.

Espacio necesario, correlato de cualquier vivencia y cuyo descubrimiento suele ser, a su vez, una vivencia, y tiempo interior, el de la construcción de nuestra realidad, especialmente cuanto más próximos al nacimiento, amueblan el corazón, incluso el gastado, construyendo recuerdo y olvido.

19 de octubre de 2014

el descuido de magdalena


Solemos admitir que el olfato es un sentido ligado a lo emocional, y la vista, por contra, ligada a lo racional. Y lo hacemos por inercia, la misma que nos tiene desacostumbrados a razonar la información olfativa, a expresarla de modo claro siquiera, mientras nos hace olvidar que la información visual no sólo es racional, o racionalizable, sino también emocional. Simplemente, recordemos el papel jugado por los colores que nos rodean en nuestros estados anímicos.

En el proceso de adaptación al medio de nuestra especie, resultaron muy eficaces la vista y el oído, la primera relacionada con la postura erguida, el segundo como parte imprescindible en el manejo simbólico de la realidad, mediante la lengua hablada. Tal vez sea esta la razón por la que el resto de nuestros sentidos ha pasado a un segundo plano.

La luz ha sido modelo, metáfora privilegiada empleada en religión, filosofía, poesía, arte y ciencias, como ha sido objeto de estudio científico. El sonido, que permite la música, y con ella la danza, ocupa un segundo lugar tanto en su empleo, como en su estudio. Nada de ello sucede con olfato, gusto y tacto, los grandes olvidados, fuera de su uso en la cultura cotidiana. Incluso seguimos manteniendo la vieja división aristotélica que los considera tres, aunque gusto y olfato están estrechamente enlazados, luego podrían ser tomados como uno, y el tacto, en cambio, que registra desde placer y dolor hasta temperatura, pasando por texturas y presiones, sigue considerándose uno.

Es esta falta de costumbre en su estudio lo que torna este trío en sentidos emocionales. Al carecer de término adecuados, de teorías construidas en torno suyo, o porque estas son muy jóvenes y todavía no han calado en los usos ordinarios de nuestras lenguas, quedan envueltos en un halo de irracionalización que resalta su aspecto emocional. Por contra, la abundancia de teorización, y con ella de palabras, alrededor de vista y oído nos hacen olvidar su poder de generación emocional, especialmente respecto a la primera. -¡Ay! una vez más el lenguaje como madre de nuestro mundo- Tan informativo y racional puede resultar uno de ellos como cualquiera del resto, lo mismo que emocionales son todos.

Se ha interpretado el pasaje de la magdalena de Swann desde su dimensión temporal, atentos al poder de la evocación sensorial sobre nuestra memoria y su capacidad de trasladarnos a otro tiempo, acompañados de un fuerte e imprevisto estado emocional. Se ha descuidado, sin embargo, la casa gris, la plaza, las calles y la ciudad entera, reaparecidos de pronto ante él, es decir, la detallada información espacial, tan necesaria como la temporal. Ligadas ambas en una memoria tan emocional como informativa, tan resultado del tiempo vivido, como de los espacios donde se vivió.





« … me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. … En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba … la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo ... y Combray entero y sus alrededores … »  
Proust, Por el camino de Swann

15 de septiembre de 2014

Tiempo de verano

Es tiempo, aún, es tiempo de verano. No porque lo diga el calendario, ni los astrónomos, sino el sol y las tardes dilatadas con un transcurrir estático, las noches pesadas y los mosquitos acechantes.

El medio que nos envuelve, que forma parte nuestra como nosotros parte suya, es quien determina nuestro transcurrir, incluso el temporal. Se ha insistido sobrada y acertadamente en nuestra dimensión temporal, desde el genial Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia 1889 y Materia y memoria 1896, el tiempo se liberó del dominio de la ciencia física y la espacialización a que estaba sometido, para formar parte de lo que somos. Bergson nos plantea la durée como una dimensión constituyente del humano. No son pocos los pensadores y los literatos que han cruzado esta puerta a lo largo del pasado siglo.

Sin embargo, la dimensión espacial ha permanecido olvidada por la mayor parte de los pensadores. Hora es ya de ocuparnos de ella y en el pensamiento en español (o en riojano, si se prefiere -aunque los castellanos se quejen-) encontramos puertas entreabiertas desde hace bastante tiempo. Así, J.L. Molinuevo lleva tiempo apuntando en esta dimensión y un clásico como es Ortega ya en 1914 nos decía:

« Mi salida natural hacia el universo se abre por los puertos del Guadarrama o el campo de Ontígola. Este sector de realidad circunstante forma la otra mitad de mi persona: sólo al través de él puedo integrarme y ser plenamente yo mismo. […] la ciencia biológica más reciente estudia el organismo vivo como una unidad compuesta del cuerpo y su medio particular: de modo que el proceso vital no consiste sólo en una adaptación del cuerpo a su medio, sino también en la adaptación del medio a su cuerpo. Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.» 
                                              Ortega y Gasset: Meditaciones del Quijote

No sólo es tiempo, sino espacio de verano.

23 de febrero de 2014

Las trampas del tiempo


El dolor ante lo pasado, ante nuestro pasado, suele resultar frecuente, y también que ese dolor sea arrepentimiento. Este fenómeno recurrente que atenaza nuestra vida hunde su raíz en la cualidad temporal de cada uno de nuestros actos: su carácter primúltimo. Toda acción que llevamos a cabo es, forzosamente, primera y última. Todo instante, nos recuerda Vladimir Jankélévitch empleando un neologismo, es semelfáctico. Cada instante es un hapax. Dos adverbios temporales, "semel" en latín y "hapax" en griego, que señalan una sola vez.
Mas si todo acto humano es así, ¿cuál es el elemento incurable por la acción del tiempo? ¿Qué se ha añadido al devenir para generar el remordimiento?
No se trata de la acción libre de la cual yo soy autor. Ni la cosa hecha que tal acción generó, la cual a veces se puede reparar, y siempre es desgastada por el envejecimiento. Es el hecho mismo de la acción la causa de todo dolor, porque el haber hecho resulta irrevocable y cada instante es un hapax sin marcha atrás posible.
Y este es el mecanismo que opera en esta trampa del tiempo, o de nuestra conciencia temporal.

1 de febrero de 2014

Fiestas


El tiempo circular heleno y el lineal judío presentan lazos, ocultos por su aparente contradicción. La singularidad de los momentos revestidos de algún tipo de halo es una constante en ambos. Se celebran como fiestas, sean importantes para el grupo o para el individuo. Sucesos naturales, como los solsticios; hechos relevantes, como una gran victoria; sucesos extraordinarios, como algún descubrimiento cultural identificativo del clan (que puede llegar a ser muy grande); lazos de unión con sus dioses, como las distintas fiestas en su honor. Por otra parte, etapas en el tránsito de un individuo, como su paso a la adultez, su integración plena a la comunidad, o sucesos que han cambiado el rumbo de su vida.
Para ambos se trata de instantes únicos, que, por serlo, han de celebrarse sin cesar. Lo cual los convierte en continuo recomienzo, círculo perpetuo que otorga sentido a la vida. Instantes que construyen el verdadero transcurrir del tiempo, el cual, privado de estas singularidades cíclicas, quedaría disuelto en un discurrir amorfo e indiferenciado.

26 de octubre de 2013

Distinguir con claridad



 Empeñarnos en lo importante hasta dejar de lado un asunto que nos apremia, pero cuya importancia es secundaria, puede causarnos graves problemas e incluso alejarnos de nuestra meta.
Embarcarnos en una sucesión de urgencias es buen modo de olvidar lo importante y acabar desnortados en el vaivén de la intemperie.
La urgencia no tiene por qué ir de la mano con la importancia. Si no queremos acabar transitando caminos que, ni son los nuestros, ni nos interesan, hemos de distinguir con claridad entre lo urgente y lo importante.

8 de enero de 2013

Celebraciones


Frente al tiempo circular griego, el judeo-cristianismo propuso el tiempo lineal, consagrando la singularidad de cada hecho, de cada momento, de cada acción humana. 
Sin embargo, la circularidad permaneció cubierta por un sentido nuevo, por una peculiar orientación, celebrar cíclicamente los hechos singulares que presentan especial relevancia. De este modo, la línea se compone de pequeños ciclos continuamente repetidos, como las fiestas de Navidad, con sus rituales gastronómicos y encuentros familiares.
Pero, ¿cómo armonizar la cíclica repetición ritual de lo que se estima suceso único? ¿Cómo es posible conciliar la línea recta, el segmento dotado de un comienzo y un final con el círculo, donde todo punto es equivalente e intercambiable?
¿Cómo es posible la novedad en la repetición cotidiana?


2 de diciembre de 2012

Arrepentimiento


Uno puede encontrar en la vida dos clases de arrepentimiento, el lamento por lo hecho y el dolor por lo no hecho. La mirada obsesiva hacia la mala acción como hacia la omisión, las emparenta por lo que tienen de fijación inútil, de petrificación del tiempo. Lo más fácil es recordar lo mal hecho y lo no hecho recociéndonos en nuestro propio jugo. Lo irreversible es una cualidad esencial del discurrir temporal, nos recordó Jankélévitch, pero también lo es la futurición. Por ello, lo más sabio es encarar las nuevas realidades por venir, convertir la nostalgia de las posibilidades desaparecidas en una nostalgia hacia adelante, es decir, en esperanza, en proyecto. Hoy más que nunca -parecemos presas del fatalismo- necesitamos este motor.

3 de julio de 2012

El tiempo y los relojes


No está mal, en los días más largos del año solar, alargados aún más por el calor, recordar las palabras de ese magistral heterónimo de Machado que es Juan de Mairena:
"Pero dejemos a los relojes, instrumentos de sofística que pretenden complicar el tiempo con la matemática. En cuanto poetas, deleitantes de la poesía, apredices de ruiseñor, ¿qué sabemos nosotros de matemática? Muy poco. Y lo poco que sabemos nos sobra. Ni siquiera han de ser nuestros versos sílabas contadas, como en Berceo, ni hemos de medirlos, para no irritar a los plectros juveniles. Y en cuanto metafísicos -he aquí lo que nosotros quisieramos ser-, en nada hemos de aprovechar la matemática, porque nada de lo que es puede contarse ni medirse. Nuestros relojes nada tienen que ver con nuestro tiempo, realidad última de carácter psíquico, que tampoco se cuenta ni se mide. Cierto que nuestro relojes pueden noñificárnosla -perdonadme el vocablo- hasta hacérnosla pensar como una trivial impaciencia por que suene el tac, cuando ha sonado el tic. Pero esto es más bien una ilusión que nosotros pensamos que se hacen los relojes, y que carece en absoluto de fundamento."
El protagonista de After hours estaría  de acuerdo, preso entre el tic y un tac que no acaba de llegar.