29 de enero de 2015

Paisaje




El paisaje implica espacio, un espacio donde estamos inmersos y, por tanto, articulados en una relación mutua que nos absorbe. Ante un cuadro, una fotografía o una ventana -no deja de ser un cuadro hiperrealista- somos espectadores, seres ajenos con el poder de desconectar, porque se trata de una representación. Frente a la parcialidad de la mirada, el paisaje obliga la totalidad de nuestros sentidos, y también nuestra sensibilidad entera. Su contemplación exige una participación inmersa, “las perspectivas se multiplican, el paisaje entra a través de todos los sentidos en la subjetividad, y la relación cognoscitiva adquiere una multidimensionalidad simultánea ...” decía Luis Cencillo en el año 1971.

Teniendo que estar dentro, no habrá paisaje si no lo contemplamos como espectáculo, si no resultamos, a la vez, ajenos a ese espacio que nos implica. Actores y espectadores a un mismo tiempo, si no queremos dar paso bien a su representación gráfica, -pictórica, fotográfica o cinética- bien a su desaparición -cerrados los ojos de espectador, la mirada estética-.

El horizonte, elemento necesario de esta inmersión parcial, implica el viaje como condición de su renovación y perpetuación. Siempre estático, perennemente esquivo, perseguimos su lejana hermosura, y en este acto, resulta tan modificado como puesto a salvo. La distancia que separa fondo estático y aproximación imperfecta, alumbra la perspectiva, forzosamente cambiante, transitada por el semiactor, semiespectador que lo construye.

Un último elemento cierra esta trinidad, es la duración del proceso. Deteniéndose y haciendo surgir las figuras en cada pausa, la mirada construye el camino infinito hacia el fondo. Y con esta obligada dilatación se trama, en la urdimbre espacial, la realidad existencial de todo paisaje.


4 comentarios:

David Porcel dijo...

Interesante reflexión, que invita a pensar la experiencia estética como una experiencia creadora, en la que el espectador es también actor y el actor espectador. La experiencia estética debe encontrarse, pero para ello, como bien has demostrado, hay que saber mirar. Un cordial saludo.

M. A. Velasco León dijo...

Saber mirar y saber también actuar, que solemos olvidarlo, y resulta necesario en cualquier creación.
Gracias David, un abrazo

Angel Buendía dijo...

Hola Miguel Ángel, para saludarte y afirmar mi plena coincidencia con tu comentario a la estupenda obra la "Leyenda del santo bebedor". Por ella conocí al autor.
Como otros bellos relatos que marcan con un recuerdo los espacios citadinos, acercarse a los puentes del Sena o subir al Sacre Coeur invita a buscar con la mirada al clochard de Roth. Enhorabuena.
Saludos cordiales desde la Maestría de Psicoterpia de Base Antropológica en Salamanca
Ángel Buendía.

M. A. Velasco León dijo...

Muchas gracias, estimado Ángel. Roth y París me gustan, pero resulta más fácil y menos costoso el acceso al primero.
Espero que el máster se esté dessarrollando con agrado y utilidad para ustedes. Por mi parte ha sido un placer haberles impartido mis clases.
Saludos