Mostrando entradas con la etiqueta Freud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Freud. Mostrar todas las entradas

5 de junio de 2013

... enfondadas


Desde los siete a los once años hay un trozo muy grande de vida, lleno de oscurecimiento y olvido. Se supone que vamos perdiendo lentamente el don de hablar con los animales, que los pájaros no se posan ya en el antepecho de nuestra ventana para charlar. A medida que nuestros ojos se acostumbran a mirar, se pertrechan contra el prodigio. Flores que una vez tubieron el tamaño de pinos, vuelven a sus macetas. Hasta el terror se empequeñece. Los gigantes que llenaban nuestra habitación de niños se achican en maestros malhumorados y padres humanos.
Leonard Cohen "El juego favorito"

Cohen parece referirse al que Freud denominó período de latencia, el mismo representado, con frecuencia, por Rousseau en sus cuadros. Las figuras dejan de imponerse por sí mismas para quedar monótonamente enfondadas.

29 de abril de 2013

La interpretación del asesinato


La obra de Freud sigue siendo valiosa explicación de la personalidad humana y su realización cultural en que habitamos, probablemente la mayor construida hasta el momento. Ofrece una visión integral donde encajan estructuras, mecanismos y conductas, explicados con una visión integral y coherente. Sigue conteniendo, además de gran fuerza explicativa, un interesante potencial transformador del presente.
En poco tiempo he encontrado dos sugerentes aproximaciones a este pensador y su época, la primera desde el cine, “Un método peligroso” de Cronenberg, la cual recomiendo sin reserva. Completa la clásica “Freud, pasión secreta” de John Huston y la divertidísima “Inconscientes” de Joaquín Oristrell. La segunda desde la literatura, “La interpretación del asesinato” de Jed Rubenfeld, que ahora acabo de leer.
No hay rastro de poesía en sus más de 500 páginas, ni tan siquiera una novela bien escrita, pero sí una estupenda aproximación al psicoanálisis y los tropiezos exteriores e interiores que encontró a principios del siglo XX. Partiendo del viaje de Freud, acompañado por Jung, a los Estados Unidos de América en 1909, Rubenfeld construye una fantasía criminal a caballo entre la novela histórica y la divulgación científica.
Además de Jung, el discípulo predilecto que acabará trasnformado en Judas, desfilan como personajes Abrahan Brill, Sandor Ferenczi o Ernest Jones, componiendo el cuadro de las tensiones surgidas entre sus discípulos y seguidores, aún en vida del propio Freud. Si bien, son tratados con mayor detalle los problemas y obstáculos con que el psicoanálisais se encontró en la sociedad victoriana de preguerra, tan cuidadosa de las apariencias y formalismos, como asidua a las perversiones ocultas. Son estas las que sirven de eje que permite articular el panorama social y a la vez exponer una cuestión fundamental de la obra freudiana, como es el complejo de Edipo. Y serán las teorías del maestro las que permitan resolver el misterioso asesinato, vergonzante flor de lo escondido bajo la alfombra.
Quiero destacar que la novela puede hacer gala de honradez, con un apéndice al final donde deslinda los personajes, hechos y lugares históricos, por un lado y los que son ficción, por otro. Valioso ejemplo para muchas que se presentan como “históricas”.


27 de junio de 2012

El opio del pueblo


                        Imagen de Miguel Angel Gil (inspirado en un poema-objeto de Joan Brossa)

Mi relación con el fútbol tal vez está mediada por algún pequeño trauma infantil, sublimado mediante un proceso racionalizador, a los ojos de Freud. Resentimiento, a los ojos de Nietzsche.
Cuando en la calle, o en la escuela, los dos mejores jugadores sorteaban para elegir y formar equipo, yo era de los que restaban esperando ser escogidos hasta el final. Era frecuente que me pusiesen de defensa o portero, vamos, en los típicos puestos de los mantas. Así que me aburría como una ostra y fui, poco a poco, evitando el fútbol, a no ser que no hubiera más remedio.
Tiempo más tarde, allá por quinto de e.g.b., tuve un maestro que cantaba las bondades de las prácticas deportivas pero denostaba el deporte convertido espectáculo. Es decir, el fútbol, que en esos años acaparaba el concepto de deporte.
Así que mi mente infantil despreció el fútbol como deporte, como espectáculo y como negocio. Hasta el momento, soy incapaz de verlo con ojos diferentes a los del filósofo social.
Comparto las críticas a la utilización del “deporte rey”  para distraer la atención de asuntos graves y contentar al pueblo. En nuestro país los políticos aprendieron a usarlo magistralmente con la dictadura franquista. No es casual que los fascismos se inspiraran en Roma, también en su genialidad del pan y circo.
Sin embargo, este perverso empleo tiene también una cara amable, y es la de servir de válvula de escape, de consuelo evasivo ante la cruda realidad del poder y sus abusos. Consuelo de tontos pero consuelo al fin. 
Hoy la religión ha dejado de ser opio del pueblo, sustituida por el fútbol. Por ello me dan tanta envidia quienes son capaces de dejarse encandilar por un partido televisado.
¡Yo también quiero ser un yonki!