Imagen de Miguel Angel Gil (inspirado en un poema-objeto de Joan Brossa)
Mi relación con el
fútbol tal vez está mediada por algún pequeño trauma infantil, sublimado mediante un proceso racionalizador, a los ojos de Freud. Resentimiento, a los ojos de Nietzsche.
Cuando en la calle, o en la escuela, los dos mejores jugadores sorteaban
para elegir y formar equipo, yo era de los que restaban esperando ser
escogidos hasta el final. Era frecuente que me pusiesen de
defensa o portero, vamos, en los típicos puestos de los mantas. Así
que me aburría como una ostra y fui, poco a poco, evitando el
fútbol, a no ser que no hubiera más remedio.
Tiempo más tarde, allá
por quinto de e.g.b., tuve un maestro que cantaba las bondades de
las prácticas deportivas pero denostaba el deporte convertido
espectáculo. Es decir, el fútbol, que en esos años acaparaba el concepto de deporte.
Así que mi mente infantil
despreció el fútbol como deporte, como espectáculo y como negocio.
Hasta el momento, soy incapaz de verlo con ojos diferentes a los del
filósofo social.
Comparto las críticas a la utilización del
“deporte rey” para distraer la atención
de asuntos graves y contentar al pueblo. En nuestro país los políticos aprendieron a usarlo magistralmente con la dictadura franquista. No es casual que los fascismos se inspiraran en Roma, también en su genialidad del pan y circo.
Sin embargo, este perverso empleo tiene también
una cara amable, y es la de servir de válvula de escape, de consuelo
evasivo ante la cruda realidad del poder y sus abusos. Consuelo de tontos pero consuelo al fin.
Hoy la
religión ha dejado de ser opio del pueblo, sustituida por el
fútbol. Por ello me dan tanta envidia quienes son capaces de dejarse encandilar por un partido televisado.
¡Yo también quiero ser un yonki!