28 de abril de 2017

Biografía y Destino

Decía Felipe Camino Galicia de la Rosa, conocido como León Felipe, que “los grandes poetas no tienen biografía, tienen destino” No es casual que el comienzo de Ganarás la luz se abra con el poema titulado biografía, poesía y destino:

El poeta cuenta la vida primero a los hombres;
después, cuando los hombres duermen, a los pájaros;
más tarde, cuando los pájaros se van, se la cuenta a los árboles...
luego pasa el Viento y un murmullo de frondas.
Todo lo cual se puede traducir también de esta manera:
lo que cuento a los hombres está lleno de orgullo;
lo que cuento a los pájaros de música;
lo que cuento a los árboles de llanto.
Y todo es una canción compuesta para el Viento,
de la cual, después, este desmemoriado y único espectador
apenas podrá recordar unas palabras.
Pero estas palabras que recuerde son las que no olvidan nunca las piedras.
Lo que cuenta el poeta a las piedras está lleno de eternidad.
Y ésta es la canción del Destino, que tampoco olvidan las estrellas.

Tampoco debe ser casual que nadie en la escuela, ni en el bachillerato, nos lo mencionara, siquiera de pasada. Su destino resultaba demasiado humano, demasiado alejado de cuadrículas ideológicas, demasiado libre, tanto para la dictadura como para los políticos de nuestra modélica transición. He comprobado que hoy su presencia en temarios educativos y libros de texto, resulta tan escasa como inexacta, reduciéndolo a la categoría de autor segundón de la Generación del 27, lo cual me parece, desde cualquier ángulo, insostenible. Dos poemas cantados, Vencidos, por Serrat, y Como tu, por Paco Ibañez, me lo dieron a conocer y animaron a leerlo. Mérito no le falta para ocupar el puesto que le corresponde entre los grandes poetas del siglo veinte. Aunque tal vez sea otro su destino, tan lleno de amargura, que no logra doblegar su voz y, precisamente por ello, le impide callar, cerca de cincuenta años tras su muerte. Leedlo, y juzgad vosotros mismos.

2 de marzo de 2017

(y los demás)

Hay una frontera muy fina, demasiado fina, entre ocuparse de los seres queridos y ser fagocitado por ellos. María (y los demás) de Nely Reguera, se ocupa de este complejo asunto, con buenas intenciones e irregulares resultados, pero con el as de su protagonista, Barbara Lennie.
Ocuparse de los demás no es bueno, es necesario. Mas ha de hacerse siempre con un límite, el de uno mismo. Amar al prójimo supone respetarse, ocuparse de sí, para poder hacerlo de otros. Es preciso decir no, negarse a transigir siempre, a dejar que prevalezca el punto de vista del otro, sin expresar el nuestro, sin exigir lo que nos corresponde. De lo contrario, cuando un día dejemos de ser necesarios para nuestros próximos, como le ocurre a María, la frustración y el vacío serán inevitables. Conductas infantiles tratarán de restaurar lo perdido, con enfados y desplazamientos del deseo, que seguiremos sin expresar. Aparentando, como la zorra, que las uvas no están maduras y generando una agresividad que castigará, antes que a nadie, a nosotros mismos.
Bárbara Lennie, María, consigue trnasmitirnos todo ello con sus ojos, su rostro y la caricia de su voz, adueñándose de la película.
El final de María apuesta por emprender el camino de la imposible solución a esta complicada paradoja, de la que nos habló Jankélévitch: para amar hay que ser; amar al otro exige amarme también a mí.

12 de febrero de 2017

Universalidad del mito

Las diferentes mitologías sorprenden por sus constantes estructurales y, más allá, por sus coincidencias de contenido. Entre las primeras encontramos, por ejemplo, la separación de la realidad en dos órdenes, el cotidiano y el de lo primordial, así como la conexión disimétrica entre ambos, teniendo el segundo un mayor grado de realidad. Esa misma realidad es dependiente de un centro cósmico originario, y cuyo transcurrir tiene carácter cíclico. Otra constante es la generación de normas de acción, que dan lugar lo mismo a rituales de diverso tipo que a normas morales de conducta. Y otras más prácticas como la medida temporal basada en las fases lunares (unidas además a las mareas y la fertilidad).
Entre las segundas tropezamos con animales, como los serpentiformes en múltiples variantes, desde serpientes ordinarias hasta cubiertas de plumas en lugar de escamas, pasando por los dragones orientales, que vienen a ser una gran serpiente voladora, como las emplumadas, o ciertos lagartos del pacífico, que más parecen reptar que andar. También con figuras, como el círculo formado por esa misma serpiente al morder su propia cola, el uroboros. Con acontecimientos, como la generación de los seres vivos, especialmente los humanos, y la consideración de la vida humana como pérdida, o devaluación, de la condición original del humano, que era la inmortalidad. O un diluvio de dimensiones universales.
Decir que, sencillamente, se tarta de una coincidencia, evita la cuestión y no aclara nada en absoluto. Una posible explicación apuntaría un necesario contacto entre diferentes culturas, lo cual, hasta ahora, se ha mostrado imposible. Otra, que todas ellas provienen de una común, en la cual se alumbraron esas constantes míticas antes de producirse su dispersión por diferentes partes del planeta. Resulta bastante problemática, puesto que no se trata del monogenismo de la especie, sino de la aparición de construcciones culturales como las lenguas y los mitos. Voy a añadir una tercera, que no es incompatible con esta segunda, la planteada por Luis Cencillo, el cual defendió la existencia del inconsciente en el psiquismo humano, dividido en varios niveles, uno de ellos el semántico. Este nivel explicaría por qué nuestra especie posee el lenguaje y lo desarrolla en diferentes lenguas, así como las demás construcciones simbólicas, entre las que estarían los mitos. Si todos tenemos visión bifocal y en perspectiva debido a nuestra anatomía facial y ocular; si podemos manejar herramientas por la anatomía de nuestras manos; … igualmente resulta normal que todo grupo humano de cualquier parte y época, de lugar a similares construcciones simbólicas, como los mitos, y que presenten elementos comunes.

4 de febrero de 2017

Trampantojos cine-literarios


Recientemente he visto tres películas que jugaban con la literatura más allá de adaptarla a la pantalla. Un trhiller, Animales nocturnos de Tom Ford, una comedia, El ciudadano ilustre de Mariano Cohn y Gastón Duprat y una comedia dramática, Paterson de Jim Jarmusch.
Las tres, a su modo, son trampantojos irónicos que parecen hablar de la literatura desde el cine y, sin embargo, están haciendo un cierto arte, cine y literatura, literacine.

El trhiller de Ford adapta una novela con un planteamiento clásico en su género: protagonista bien situada social y económicamente, ignorante de la crisis existencial en que está sumida, es zarandeada sin miramientos por su pasado. Cobra conciencia de su vacío y quiere recuperar un camino perdido. Ella es Susan, una exitosa galerista de arte, con un matrimonio tan frío como opulento, presa del insomnio, transitando una vida tan envidiable como vacía. La crisis llega en forma de paquete con una novela de su anterior esposo y una nota solicitando su lectura. Siempre fuiste mi mejor crítica, le escribe. Es el detonante literario, el relato dentro del relato, que se inicia con lectura de la novela. Al principio parecen historias paralelas, inconexas, pero a medida que la lectura va absorbiendo a Susan y adueñándose de la película, se nos revela como una gran metáfora de la relación que tuvo con su marido. Su presente se evidencia hueco, incluso para ella misma, y decide recuperarlo. Nada extraño por ahora, desde Cervantes estamos acostumbrados a relatos dentro del relato, pero ciertos detalles y la escena final de la película convierten toda la historia en un relato fabricado por la protagonista. ¿O tal vez no?

Cohn y Duprat conceden el Nobel de literatura a un escritor argentino, Daniel Mantovani. No sólo el tema, sino los continuos comentarios del premiado, su crítico discurso en la Academia sueca incluido, versan sobre el arte de novelar y la implicación personal del escritor. El orgullo pueblerino de su Salas natal lo invita a una grotesca celebración y él acepta, volviendo al pequeño lugar del cual salió hace cuarenta años sin intención alguna de regresar. La comedia negra se adueña de la película a partir de ese momento, con una delicia de situaciones que enfrentan la mirada provinciana con otra más abierta que, sin embargo, se nutre de la primera para construir una literatura universal. Los hechos van complicándose hasta llegar a un clímax dramático repentinamente refrescado por la secuencia final. En ella se nos revela la trampa creativa, la producción del relato que acabmos de presenciar, ¿o se trata de una nueva historia?

Jarmusch nos ofrece un ejemplo literatura práctica, el proceso creativo de los poemas de Paterson, un conductor de autobús en la ciudad de Paterson, cuna de los poetas William Carlos Williams y Allen Ginsberg. Una suerte de beatus ille urbano, un canto a la plenitud de lo sencillo y lo humilde, donde la poesía brota, como el resto de la vida del protagonista, de la necesidad de un orden rutinario. Paterson escribe sus poemas en un cuaderno que lleva habitualmente consigo, al conducir el autobús, al estar con sus amigos, al sacar a Marvin, el perro de su pareja, al cual odia del mismo modo que hace todo, contenidamente. Y es el celoso y posesivo Marvin quien, sin saberlo, lo denuncia como falso poeta y lo empuja hacia la posibilidad de serlo. Marvin y el turista japonés que, al final de la película, le regala un cuaderno en blanco. Jarmusch nos estaba diciendo que todo el proceso creativo mostrado no engendraba siquiera un embarazo inviable, sino uno falso. Y además nos ofrece un doble rizo: la película misma es la creación poética, las imágenes que delicadamente construye y encadena, desde la primera secuencia hasta la última, son el auténtico mensaje. ¿O es otro?

15 de enero de 2017

Cometas


El vuelo de la cometa quiere liberarse de la mano que tira de ella, impide su vuelo libre y la mantiene atada; de la cuerda que siempre exige su regreso.
Mas esta primera imagen nos engaña por completo, pues el viento, por sí mismo, la elevaría para estrellarla con fuerza contra el suelo, nunca para mantenerla arriba. La cuerda, lejos de estorbar el vuelo, lo hace posible. Es la tensión quien permite volar, y la unión con el suelo, a través de la cuerda, la hace elevarse hasta el cielo.

Somos cometa apresada por aquello que la libera. Por eso nuestro vuelo nunca será pleno y encontrará un final. La tensión necesaria lo lastra irremisiblemente, como el aire frena el avance del pájaro, a la par que lo sostiene.

Jankélévitch se sirve de una idea de Bergson, el órgano obstáculo, para explicarnos esta relación: lo que hace posible, justamente por hacer posible y en la medida en que hace posible, es decir, por ser el órgano, es simultáneamente el obstáculo. Toda realización demanda ser estorbada para tener lugar, desgastarse en su proceso mismo. Todo lo que permite impide, al mismo tiempo; no hay órgano sin ser a la par obstáculo.
Sin cuerda no hay vuelo, sin tierra no es posible habitar el aire, sin conexión no hay separación posible.

24 de octubre de 2016

Instantes

Todo hábito nace con una acción singular, sobre todo los placenteros, esos que algunos suelen llamar vicios. Una fuerza secreta nos empuja a repetir y, sin darnos cuenta, el mecanismo nos sujeta con sus raíces, haciendo de nuestra inclinación manía. El instante singular de nuestra compulsión suele pasarnos desapercibido; no puede ser de otro modo, si queremos gozarlo plenamente. Y ese momento fugaz, el punto del verdadero placer, ese que salva y compensa el resto de circunstancias, es el que alimenta y hace engrosar la cadena.
El aroma del botellín de cerveza al quitar la chapa; el del pastel al ser mordido, cuando penetra por la nariz a la par que por la boca; la mirada ajena, entre admirada y envidiosa, cuando llevamos un vestido nuevo;  el crujido de la cáscara de las castañas bajo nuestros pies; el aroma que desprende el interior de un coche nuevo; los nervios que acompañan la decisión de la apuesta; el cosquilleo ...
Cada quien disfruta el instante de sus placeres, el dueño absoluto del resorte que impulsa irrefrenablemente nuestras repeticiones.

30 de agosto de 2016

Mito

El mito es una narración fantástica de origen popular, protagonizada por seres divinos, que ofrece explicaciones arbitrarias, rígidas e incuestionables, sobre asuntos diversos que preocupan al ser humano.
Resulta equivalente, según la época histórica, a la magia, la religión, la leyenda, la construcción legitimadora del poder y la manipulación mediática.
Colección de lugares comunes, tan ambiguos y contradictorios como alejados de la realidad, que se atribuyen al mito. En aguas tan turbias no hay modo de saber si el mito se opone, se identifica o pertenece a un ámbito sin tangencia alguna con el logos.
Desbrocemos mínimamente el terreno.
No pretendo ocuparme de los usos coloquiales del término: 1.- Figura mediática de gran atractivo y difusión. De diferentes ámbitos como el cine, el deporte o la música. Gilda y Marilyn representarían mitos eróticos, Maradona y Cristiano Ronaldo, mitos deportivos. 2.- Convicción extendida pero carente de fundamento real, y, en general, cualquier prejuicio popular injustificado. Así, el instinto maternal o la autorregulación benigna del mercado son mitos. 3.- Situación o estado deseable para la mayoría de la sociedad, pero inalcanzable. Equivale a sueño imposible, veleidad: el mito de la justicia o del amor desinteresado. 4.- Personajes y sucesos indemostrables, o ciertas acciones y sus efectos. La autoestopista fantasma, la congelación de Walt Disney, gran parte de las supersticiones o las “leyendas urbanas”, obedecen este sentido.
Pretendo situarme en el sentido técnico de la antropología, la historiografía del hecho religioso y los estudios culturales. Contexto en cual he hallado un autor que, con claridad y rigor, ha abordado este fenómeno desde un pensamiento en español, Luis Cencillo.

En una primera aproximación, el mito es una construcción cognoscitiva y expresiva de un grupo humano. Jamas construcción individual, como serían las realizadas por poetas o miembros del grupo de poder (que primero han de existir como tales); siempre producto colectivo espontáneo, improvisado, podemos decir. Tal construcción, cristalizada en relato, supone una serie de causas metahumanas de naturaleza psíquica, ocultas tras las apariencias incomprensibles o paradójicas de su medio. Es decir, que dicho grupo humano siente extrañeza e incomprensión ante situaciones a las que se encuentra sometido, al principio por un medio predominantemente natural, junto al cual habría ido creciendo en cotidianidad, y por tanto en importancia, un medio social. Respuesta a nuevas necesidades que van más allá de la mera supervivencia animal e implican la existencia de una capacidad simbólica en el humano.