3 de junio de 2020

Lluvias de verano


Suelen ser agradables las noches de lluvia, y aunque la tormenta furiosa nos despierte, cerrar las ventanas, comprobar que el agua no cala nuestra tienda de campaña y la tibieza de una manta, vuelven a traernos resguardo y sueño.
De mañana la lluvia puede interrumpir, desbaratar planes, ser saludada o detestada acelerando el paso, pero no logra borrarnos la alegría. Lluvia que se abre al sol, aunque no se asome tras ella.
La lluvia de tarde se cierra siempre, y si el sol brilla tras un chaparrón, no es capaz de secar el alma, empapada para el resto del día.
Las tardes de lluvia huelen a niñez, pueblo y tristeza.

13 de mayo de 2020

El niño del cuento

Recuerdo haber leído con alguna de mis hijas un libro infantil en él que una madre, cuando sus hijos no se portaban bien o no querían hacer sus tareas, los amenazaba con un terrible “o si no …”
- Haz tu cama, o si no …
- Cómete la verdura, o si no …
- Cepíllate los dientes, o si no …
Lo cierto es que, leído como padre, el cuento era un tentador manual que me ofrecía el ejemplo de una astuta madre, tan eficaz como cruel al tratar a sus hijos. En cambio, supuse, para un niño que lo leyese por su cuenta era una fuente de alivio, al comprobar que su madre lo amenazaba con castigos conocidos, casi siempre los mismos, a diferencia de la malvada del cuento.
La madre no les decía lo qué vendría después, no desvelaba nunca la consecuencia del incumplimiento, lo dejaba abierto. Ahí, justamente, radicaba lo temible de su amenaza y lo eficaz de la misma.
La inconcreción de las consecuencias hacía brotar en sus hijos los miedos más ocultos, los fantasmas más temidos, los castigos más detestados, proyectándolos de golpe hacia el futuro próximo, que se tornaba constante fuente de angustia.
Así me siento, temeroso ante los más oscuros y tronantes nubarrones. Dábamos por sentado un futuro con todos sus imponderables, naturalmente, que siguen estando presentes, pero a ellos se suma ahora una insondable incertidumbre. Mis viejas creencias se descomponen, las he puesto entre paréntesis, y no puedo imaginar el, hasta ahora, predecible rumbo del mundo.
Los efectos temibles de esta pandemia, como los miedos del niño, no salen de la nada, en realidad ya estaban ahí, pero ocultos, sometidos al amistoso transcurrir de lo esperable. El paisaje que esperaba encontrar al levantar la vista se ha cubierto por la niebla, no puedo ver más allá. Es la irrupción de lo inesperado, no de lo imposible, ni de lo imprevisible, sino de lo inesperado, la fuente constante de mi actual miedo.
No puedo correr hasta mi madre, deshacer mis ojos en su regazo, mostrarle un sincero arrepentimiento. El daño ya está hecho. Solo queda buscar cuál ha sido la desobediencia, para tratar de no seguir repitiéndola, si es posible todavía.

1 de mayo de 2020

Trabajo-pereza

No tiene mucho sentido celebrar el Día del Trabajo. ¿Quién es ese señor, ese tal Trabajo?
La palabra trabajo es la sustantivización de una acción, una actividad propia del ser humano que nos ha permitido continuar como especie sobre el planeta y en tal sentido no es buena ni mala, no es un derecho ni una obligación impuesta, es, sencillamente, imprescindible, como lo es el respirar.
Sin embargo esta necesaria actividad humana suele ser entendida como una actividad remunerada que sirve como medio para vivir, o sobrevivir, en la sociedad actual. Quien realiza esta acción de trabajar se llama trabajadora o trabajador y por eso el 1º de mayo no debe ser llamado día del Trabajo sino día de la Trabajadora y el Trabajador.
Desde esta segunda perspectiva, los trabajadores constituyen una clase y es la lucha de tal clase por reivindicar una retribución justa y unas condiciones dignas para su actividad lo que el 1º de mayo celebramos.
Sin embargo, quiero reivindicar aquí otro punto de vista, que mire bajo el horizonte de la justicia y dignidad laboral para cuestionarla.
Un cubano de nacimiento, casado con Laura Marx, la segunda hija de Karl (las tres hijas de Marx son figuras tristes, como los tigres del trabalenguas. Hubieron de habitar eclipsadas vital y emocionalmente en un mundo de varones, fueron además ocultadas intelectualmente por la enorme sombra de su padre, y en el caso de Laura también por la de su marido. Sin embargo tanto su producción intelectual como su activismo político son dignos de estudio, pero esta es otra cuestión). Un cubano, decía, llamado Paul Lafargue en su obra de 1880 “El derecho a la pereza” puede abrirnos nuevos horizontes:

Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista....esta locura es el amor al trabajo.
La imposición legal del trabajo es demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace demasiado ruido; el hambre, por el contrario, es no solo una presión apacible, silenciosa, incesante, sino que, en tanto el móvil más natural del trabajo y la industria, provoca los esfuerzos más poderosos.

Hoy para muchos no es el hambre, que también, sino la hipoteca, el coche, las vacaciones... la razón que empuja a reivindicar el trabajo como un derecho y una necesidad. Se lucha por un trabajo digno en lugar de un trabajo necesario y en consecuencia la vida de los trabajadores y del planeta entero se resiente, enferma, resulta amenazada. 
 
Los filósofos, los economistas burgueses,... todos han entonado sus cánticos nauseabundos en honor al dios Progreso, el hijo primogénito del Trabajo.

Esta pareja de dogmas propios de nuestra época son el objetivo verdadero del combate que nos libere y permita la continuidad del planeta, pero parecemos seguir ciegos ante el problema. 
No se trata de un capricho, sino de un mandato divino: Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de pereza ideal; después de seis día de trabajo descansó por toda la eternidad.
Nunca una orden, siendo tan dulce, fue tan desobedecida. Empecemos a cumplirla de una vez.

24 de abril de 2020

Creencias y cuarentena



Me he dado cuenta que nadie habla de Ortega, de nuestro Ortega, estos días de cuarentena, y me resulta extraño, pues estamos comprobando en nuestras propias carnes la distinción que hizo entre ideas y creencias. Hace ya ochenta años se publicó la obra (Ideas y creencias), en la que diferencia las ideas humanas según la función que en nuestra vida desempeñan: unas se nos ocurren y en otras nos apoyamos para vivir sin darnos cuenta. Podemos llamarlas ideas-ocurrencia o ideas a secas e ideas-creencia o simplemente creencias. La cuarentena que habitamos confirma esta distinción, la cual a su vez, puede iluminar comportamientos y estados emocionales que afloran en ella, es decir, puede ser herramienta de comprensión del presente.

Señala Ortega que tanto ideas como creencias pertenecen al ámbito cognoscitivo, aunque se diferencian en dos aspectos: la función que desempeñan en la vida humana y el nivel de conciencia que tenemos de ellas. De las ideas somos conscientes, las pensamos, las explicitamos, las discutimos y nos sirven para entender la realidad; de las creencias no tenemos conciencia teórica porque están implícitas, nos pasan desapercibidas, y sin embargo son plenamente efectivas en nuestro actuar. Por ello, nos dice, tenemos ideas pero vivimos en las creencias. Uno puede pensar la diferencia entre el libre mercado y la economía dirigida, si las medidas higiénicas benefician la salud, cómo inscribir un triángulo en un círculo, ... puede discutir sobre ello, pedir consejo, aprender y cambiar de opinión. Nada nos pasaría sin haberlo pensado o habiendo pensado algo distinto, porque se trata de ideas conscientes. Sin embargo, no pensamos que al abrir la puerta el pasillo seguirá al otro lado, ni que al llamar a un amigo por teléfono nos va a responder, o que al beber un vino bueno y familiar nuestro paladar se va a deleitar y sin embargo actuamos con todo ello en la cabeza. Lo damos por sentado de manera inconsciente, es decir, no pienso que al abrir la puerta habrá pasillo pero la abro y salgo confiado de la habitación, sin miedo a caerme al vacío. Frente a las ideas, que han cambiado varias veces, las creencias otorgan estabilidad y permanencia a mi vida, que sería bien distinta a como es ahora sin ellas, pues nacemos, nos construimos y pensamos a partir de ellas. Por eso nos dice Ortega que la máxima eficacia sobre nuestro comportamiento reside en las implicaciones latentes de nuestra actividad intelectual, en todo aquello con que contamos y en que, de puro contar con ello, no pensamos.

Esta función puede esclarecerse a la luz de las ideas de otro pensador madrileño, Luis Cencillo: nuestra especie carece de instintos y regulaciones biológicas que determinen su manera de comportarse, pensar, sentir y vivir, como sucede en las demás. En consecuencia, necesita aprender patrones de conducta y sistemas de referencia que orienten la vida, y es ahí donde encontramos el sentido y la función vital de las creencias, las cuales son tan radicalísimas que se confunden para nosotros con la realidad misma. Cencillo, desarrollando amplia y certeramente lo que Ortega había inaugurado, llamó a esta falta de raíces en nuestra especie desfondamiento.

El momento presente, con la cuarentena aplicada para frenar la pandemia del dos mil veinte, nos brinda la ocasión de tomar conciencia de nuestras creencias, desde las más simples (como el cotidiano paseo vespertino, el acudir a nuestro trabajo habitualmente, saludar con dos besos o compartir un pedazo de comida), hasta las más densas, aquellas que constituían nuestras necesidades, las que eran motores de arrastre del día a día, y las que eran telos que atraía el rodar de la existencia cotidiana y sus tensiones.

Explica también la desorientación que sufrimos: gran parte de aquello con lo que contábamos inconscientemente para vivir, se nos ha negado. La realidad ha quedado tan lastrada al faltar las rutinas que otorgaban buena parte del sentido de la existencia, sin que hubiéramos caído en la cuenta, que ahora resulta irreal. Por eso la mayoría de nosotros actuamos como si de un paréntesis se tratara, de una extraña y onírica suspensión momentánea de la vida, esa vida que se confunde con nuestras creencias.

La diferencia nos ofrece también un instrumento de análisis para comprender los resortes que mueven a una época, la nuestra, los cuales se encuentran en sus creencias y no en sus ideas. Algo similar ocurre con la jerarquía de valores de una persona o una sociedad, desvelada por sus acciones y no por sus declaraciones. Instrumento eficaz para entender el profundo motor del transcurrir histórico de las sociedades, que a diferencia de los hechos nunca queda registrado en los libros de historia. Como nos dice Ortega: ¿Se entrevé ya el enorme error cometido al querer aclarar la vida de un hombre o una época por su ideario...? ...fijar el inventario de las cosas con que se cuenta, sería, de verdad, construir la historia, esclarecer la vida desde su subsuelo.

Aprovechar esta ocasión y dejar aflorar nuestras creencias, tomar conciencia de ellas, de su papel y sus posibilidades de cambio, depende de cada uno … y de su circunstancia.

20 de abril de 2020

Aprender y mejorar

 
Desde la segunda semana del estado de alarma con su reclusión domiciliaria, se ha hecho habitual en los medios de comunicación el discurso de la ocasión propicia y la bondad oculta: esta situación nos está enseñando mucho, es el momento para volverse sobre uno mismo, conocer nuestro interior, ser creativos, llevar a la práctica propósitos que hemos ido aparcando por falta de tiempo (y que pueden realizarse en casa, claro); en suma, nos va a hacer mejores y saldremos reforzados de ella.
¡Mentira!, ¡es todo mentira!
Ingenuidad infundada, postureo hipócrita, fomento simplón del buenismo, bálsamo lenitivo para conciencias enclaustradas y contagio de buenas intenciones condenadas a marchitarse, como las del año nuevo. Que cada uno se sirva a discreción la mentira más de su gusto.
Si el paso del tiempo, por sí mismo, no tiene la facultad de mejorar a nadie, las situaciones extraordinarias, como esta, tampoco. Cuando menos a partir de cierta edad. Tampoco pueden enseñar, ni un poco siquiera, se precisa algo más, algo previo. Platón nos mostró, por boca de Diotima, que quien no cree estar falto de nada ¿cómo va a desear lo que no cree necesitar?, lo mismo que quien ya cree poseerlo. Nadie aprende sin actitud para hacerlo, sin la humildad necesaria para comprender, a la par, la lejanía de cuanto nos envuelve y la posibilidad de caminar hacia ello.
Quienes no saben, no pueden, o no quieren dejar de mirar al exterior, nunca se van a volcar en sí mismos. Viven en la sombra de la exterioridad deseada, muy lejos del interior. Son presos pegados a los barrotes, esperando con ansia el momento en que sean derribados. Con el añadido de que lo deseado, cuanto más se difiere, más se va cargando de ilusiones y recuerdos adulterados, más se va idealizando.
Tampoco busca creencias nuevas quien confía recuperar las que tiene, y entiende el presente como paréntesis desafortunado para volver al pasado, al más de lo mismo. Ya pasó con la crisis del dos mil ocho, solo los dispuestos a aprender, los que ya estaban comprometidos con sus prójimos y algunos de los más afectados, aprendieron y emprendieron caminos nuevos.
Camus nos mostró de manera magistral en La peste, como las situaciones límites sacan a la luz lo que ya está oculto en cada uno de nosotros, y también que no cambian sino a quien está dispuesto a hacerlo, a quien ya cambiaba y aprendía con los sucesos pequeños, incluso con los cotidianos.
Cuando la balanza se encuentra equilibrada, de modo frágil la mayor parte de las veces, un empujón, un golpe brusco como este, desencadena la inclinación hacia el lado que ni uno mismo sospechaba y se acaba siendo villano de barrio o héroe de andar por casa. Sólo cuando la circunstancia así lo quiere unos pocos de estos serán recordados por sus acciones nobles.
Hay que acercarse a los más jóvenes, a los adolescentes y sobre todo a los niños, para encontrar las huellas profundas de estos días, pero esta ya es cuestión distinta.

16 de abril de 2020

Voces


No me gustan los auriculares, ni los cascos de ningún tipo, grandes ni pequeños, con cables o sin ellos. Será otra de mis viejunas manías, que ya van siendo varias, pero me desasosiegan y despiertan sospechas sobre la integridad de mi conciencia, sobre su impura pureza, en el original sentido de puro, sin mezcla, sin partes o ingredientes.
Cuando los sonidos me llegan de fuera son bienvenidos, o no, pero son diferentes de mí mismo. Hay una distancia nítida porque hay encuentro, contacto, con todo lo que implica de bueno y malo, de deseado e indeseado.
Bien distinto me parecen si están dentro, tengo ya bastante con mi propia voz interior, esa que teje interminables monólogos dialogados por los cuales me distrae hasta los cerros de Úbeda. La que a veces, de puro insistente, me despierta de madrugada. La que me hace reconsiderar acciones y no cesa de recordarme, pesadamente, las que nunca llegaron a ser. La misma que, muy de cuando en vez, insufla aire en mi ego.
Me basta con mi impura pureza, no quiero más mezcla, sólo me faltaba introducir máquinas, instrumentos musicales, coros, solistas, conversaciones ajenas, y lo peor de todo, voces invasoras. Digan lo que digan, siempre lo harán gritando distorsionadamente, como por un megáfono.

12 de abril de 2020

Redes de dos caras

 Estos días encerrados las redes sociales están siendo tabla de salvación para más de uno, a punto de ahogarse entre las paredes de su casa transformada en piscina profunda, casi abisal. ¿Qué hubiese sido de nosotros, de una parte del trabajo, de la educación, sin ellas?
¡Benditas redes! que conectan y enlazan personas distantes, saltando por sus nudos trenzados con impulsos eléctricos.
Y sin embargo, no puedo evitar ver su otra cara, la de la red que atrapa, bloquea y de la cual es imposible liberarse a no ser que la cortes.
Más allá de los efectos producidos por las redes sociales, como la saturación que nos genera tamaño exceso de información, y en consecuencia la desinformación práctica producida. No hay quien fije la atención en medio de un torbellino de datos donde los últimos van sentando groseramente sus posaderas sobre los anteriores, sin otro ánimo que sobresalir, pero como el movimiento es incesante, ocupar la cúspide es, a la fuerza, un momento tan efímero como necesario. No busquemos otro criterio para establecer una jerarquía, las noticias falsas son seguidas por cabales artículos de opinión, noticias actuales o trasnochadas -pero con la urgencia de quien cree haber descubierto América hace un rato-, ingeniosos montajes, nuevos artículos que opinan lo contrario de los anteriores, imágenes divertidas, otras de pésimo gusto, videos ocurrentes, otros lacrimógenos, y los peores sin duda, los de gatitos. Todos atropellados en el mismo grupo, pero ¿quién tiene un solo grupo de wasape? Así que elevemos potencialmente este tropel antedicho. Si Santos Discépolo, hace casi cien años, cantaba al siglo veinte por ser cambalache que todo lo revolvía en un sinsentido, ¡qué tango no nos regalaría ahora!
Más allá de sus efectos, quería decir, no me gustan, ni wasap, ni tuiter, ni instagran. Serán manías que el encierro hace aflorar, pero, os lo confieso, soy oral y lo he sido siempre, cuando menos, desde que mis recuerdos alcanzan.
Los correos en cambio, ahí acertaron con el nombre, son como las cartas postales pero sin el placer de chupar y fijar el sello con cuidado en el sobre, y sin sus aromas tan diferentes: el que tenían las de los fumadores y las de quienes se habían perfumado antes de escribir, el de los sobres naranjas o el de aquellos con doble papel -el interior gris oscuro- que celosamente preservaban su contenido, y el aroma acre de los de luto, con su ribete continuo de tinta negra.

Los correos quería decir, sí que me gustan, porque son conversación escrita cuando la presencia resulta imposible. Conversación diferida en la cual la espera supone un elemento imprescindible, que no entenderá quien se haya habituado a la actual exigencia de inmediatez a la que nos someten las redes. La espera supone una actitud paciente, un grado de incertidumbre junto a otro de esperanza y la simpar alegría de la llegada. Mitigado, desde luego, pues el tiempo del proceso mecánico y humano desde el buzón, pasando por la estafeta, los trenes … hasta el cartero con su robusta cartera de cuero al costado, se ha sustituido por impulsos eléctricos desde una máquina hasta otra, pero afortunadamente la mayoría de la gente mira el correo tan sólo una vez al día o incluso menos.
Amo la voz, sus inflexiones, su timbre, su variable volumen, sus dobleces disimuladas y las intencionadas, sus problemas de dicción -tan entrañables-, sus muletillas amigas, y sus silencios, sus poderosos silencios. Algo de ello queda en los correos, pero nada encuentro en las redes, empapadas de la sequedad de la imagen, del vacío de los videos y la frialdad de los artículos. Amo la voz viva, esa que, yo no se si será por miedo, es una proscrita en las redes sociales, que empujan a dejar el teléfono sin sonido de llamada, no vaya a colarse y las enrede.