1 de noviembre de 2019

Representación y simbolismo II



En el surgimiento filogenético de las lenguas, y con ellas de los mitos, se fueron atravesando varios momentos: inicialmente, el género homo fue elevándose lenta y progresivamente respecto al nivel de conciencia del resto de los simios, y nuestra especie, frente a las demás ramas de homínidos, comenzó a despegarse de la vivencia inmediata, aunque de manera limitada todavía, debido a la ausencia de una lengua con la cual articular y dar sentido a este nuevo modo de vivenciarse.
Tal despegue cristalizó en un momento de elemental representación de su vivencia, el de la formalización mágico-ritual. En él, como describe Cencillo, el humano comenzó a escenificar dramáticamente las vivencias experimentadas como relevantes y a darles expresión mediante gestos y mímica. Estas dramatizaciones se acompañaban de sonidos nacidos de nuestros órganos fonadores, con lo cual, se fue acostumbrando a repetir unos sonidos constantes, compartidos por la comunidad y empleados en la representación de dichas vivencias. Este debió ser el origen hablado de las lenguas. De hecho, en el siglo veinte todavía se han conocido lenguas del África subsahariana en las cuales el significado de los signos sonoros se completa mediante gestos y posturas. Restos simplificados de rituales ancestrales, necesarios para dar sentido pleno a la realidad.
En el momento siguiente se fue gestando el simbolismo mítico: el humano, a partir del habla primitiva, fue construyendo y dominando la técnica del símbolo, el cual va más allá de lo inmanente de la dramatización gestual, dando lugar a un mecanismo representacional apoyado en imágenes objetivas. No quiere ello decir que los gestos, movimientos y ritmos desapareciesen, sino que ahora se les añadía una nueva dimensión, la simbólica.
Hablamos aquí de imágenes objetivas en un doble sentido, el primero por separarse del gesto y el mimo, constituyendo una auténtica representación mental. El segundo, contrapuesto a subjetivo, al referir la representación a una serie de realidades naturales que adquieren un significado que las sobrepasa, convirtiéndose así en genuinas imágenes simbólicas. El oso, el ciervo, la serpiente, el águila, el jaguar, el sol, el rayo, el fuego, el agua, el monte, la cueva … ya no eran su mera realidad natural, sino que representaban la fuerza, la comida, la caza, el peligro, la muerte, la vida … despertando poco a poco en nuestra especie una reflexión sobre la realidad y su modo de habitarla. Por supuesto, no era un pensamiento conceptual, el cual no había surgido todavía, sino una reflexión afectiva y simpática con la vivencia y los actores en ella implicados. Por tanto, el simbolismo originario, inseparable de lo sensible, fue poco a poco ampliándose desde los rituales corporales, todavía inmanentes, hasta seres naturales como los indicados, los cuales quedaban investidos de significado transempírico.
Las lenguas son resultado de este proceso simbolizador y debieron ir construyéndose a lo largo de estos dos últimos momentos, brotando tanto de las formalizaciones mágico-rituales como de la simbolización mítica. Con el paso del tiempo, el acúmulo de experiencias cada vez más ricas y complejas (pues se enlazaban con símbolos que las trascendían), iba cambiando la realidad de las nuevas generaciones, que ya se encontraban un suelo más tramado sobre el cual seguir construyendo la realidad humana. Sin duda ambos momentos fueron extraordinariamente lentos en su gestación y en ellos se construyó el mecanismo simbolizador, la principal herramienta adaptativa del homo sapiens, forjadora de nuestra identidad específica.
Lévi-Strauss estableció un paralelismo entre los mitos y las lenguas, siendo los mitemas las unidades mínimas de significado que funcionan como las de un sistema lingüístico. Por eso el mito es una reflexión simbólica indisoluble de la lengua hablada pero afectiva y simpática, no conceptual, que parte desde las imágenes sensibles y construye un significado profundo de la vivencia de lo real, el cual se entendió como transempírico, oculto tras la intrascendente cotidianidad.

26 de octubre de 2019

Representación y simbolismo I

 
El lenguaje es la principal capacidad de nuestra especie, gracias a ella podemos ordenar, manejar y transformar el mundo. Esta capacidad fue generando distintas lenguas para diferentes grupos humanos, lenguas que se concretan en el habla, habitada por palabras. Ninguna lengua nació siendo herramienta para el manejo abstracto de lo real y ello por dos razones: para los humanos no hay un mundo previo desfilando ante nosotros a la espera de ser nombrado, sino que lo vamos construyendo como tal. Si lo real no existía, se estaba comenzando a perfilar, ¿cómo iba a ser nombrado? Además, y esto es decisivo, ¿de dónde habría surgido su conocimiento sin una lengua que organizase el flujo de las experiencias? No sirve argumentar que puedo tener experiencias de realidades cuyo nombre ignoro, porque quien así argumenta ya posee una lengua y la habla, por lo tanto, ya posee un mundo, aunque algunas partes del mismo le sean desconocidas. Evitemos anacronismos, estamos tratando de remontarnos al origen mismo del habla y la lengua, no proyectemos hacia atrás nuestra realidad presente.
La segunda razón, porque toda experiencia va acompañada de un estado afectivo, tanto del individuo como del grupo, gracias al cual se le irá otorgando un valor. Lo real nacía como una constelación de valores surgidos de las vivencias y las emociones que estas generaban. Debe quedar claro que la parte fundamental de las vivencias no es la material, sino la afectiva que les otorga relevancia; no se trata del hallazgo de comida o el encuentro con un animal, sino de saciar el hambre o del temor provocado por ese animal, es decir, de valores positivos o negativos, placenteros o dolorosos.
La poderosa memoria de nuestra especie proyectó hacia el futuro vivencias pasadas de especial relevancia, dando así lugar al miedo, pero también al deseo. Miedo a un dolor que puede retornar, como la muerte de los próximos y la propia, o deseo de repetición de una experiencia gratificante, como el hallazgo de comida sabrosa y copiosa o el calor del sol en un día frio. Hoy podemos desear o temer sin fundamento ni indicio alguno, porque podemos recordar de modo conceptual y reflexionar sobre lo recordado, aunque los conceptos vayan también ligados con afectos, miedos y deseos. En nuestros orígenes era imposible todavía, puesto que se estaban fundando las lenguas. Más bien sucedía que los indicios del dolor o la enfermedad, lo mismo que del sol asomando tímido entre las nubes, traían de forma vívida las pasadas experiencias a una mente poblada de afectos y todavía carente de conceptos.
Otra fuente de vivencias fundantes es la curiosidad que compartimos con otros mamíferos, la cual motivó encuentros casuales, tanto placenteros como dolorosos. La observación del interior de un hueso y el juguetear con él debió provocar el placer de un sonido, la degustación de comida propia de otras especies más de un envenenamiento, y el asombro ante el fuego más de una herida y también reconfortante calor.
Ligado a la curiosidad, todo lo que se saliese de lo acostumbrado debió ser fuente constante de perplejidad. Lo extraño y lo que contradice la vivencia habitual, desde fenómenos naturales como un eclipse o una lluvia anormalmente prolongada o torrencial, hasta el comportamiento distinto de alguien, como el abandono, el engaño o la simpatía. Especialmente este último tipo de experiencias nacidas, de la convivencia con sus congéneres, fueron tan próximas y cotidianas que, sin duda, resultaron más fundantes que las nacidas del contacto con la naturaleza. Lo mismo en la curiosidad que en la perplejidad, es el valor de la vivencia el elemento que les presta relevancia.
Por tanto, las lenguas desde su nacimiento han sido el modo como nuestra especie ha ido organizando las vivencias, tanto las de lo material envolvente como las referidas a relaciones afectivas, al quedar todas ellas investidas de un valor que se iba expresando mediante el habla. A la vez, también ordenaban los fenómenos de ambas esferas que resultaban fuente de perplejidad.
No pretendamos que las lenguas y las hablas de nuestros antepasados sean como las presentes, puesto que estaban originándose, ni que se trate de una inmadurez necesaria en el tránsito a la adultez definitiva, al modo de un evolucionismo positivista lastrado de hegelianismo. Estamos tratando de describir la construcción del mundo humano, el cual, no hace falta justificarlo, se ha ido complejizando a medida que las experiencias se acumulaban y los posibles modos de pensar iban tomando forma. Tampoco existe un isomorfismo entre la adquisición de la lengua de un humano que nace dentro de un grupo que ya la habla, y la aparición de las lenguas cuando estas aún no existían. El niño que se está construyendo como hombre no repite los pasos de la especie, aunque exista cierto paralelismo, como no puede ser de otro modo.

6 de octubre de 2019

Palabras y relatos: mundos.

Nuestra especie adapta el medio no ya a sus necesidades sino a sus fantasías. El hombre se podría definir como el viviente práxico y puede ser práxico porque es un animal hermenéutico y a su vez es animal hermenéutico (o sea, animal capaz de interpretar) porque es capaz de construir sistemas de referencia indefinidamente, que constituyen el fundamento de su razón Luis Cencillo



Si mito significa relato, narración, y logos palabra, conversación, si ambos se refieren al habla y la consiguiente narratividad humana, ¿cómo va a existir oposición entre ellos? Si señalan construcciones hermanas, hijas ambas de la misma capacidad específica: el lenguaje.

La realidad cobra forma para nosotros, del mismo modo que también la cobra el propio humano, porque el lenguaje es, ante todo, constructor de nuestra realidad y de nosotros mismos. Por lo cual, definirlo como un sistema de signos o como un vehículo de expresión y comunicación, resulta una simplificación grotesca. Claro que el lenguaje da lugar a sistemas sígnicos, a lenguas (o idiomas) que permiten articular la expresión para un grupo humano concreto, pero ante todo construye al humano mismo y lo que éste considera real. En tal sentido podemos considerarlo la mediación entre nuestra especie y su entorno.

Filogenéticamente, cuando una constelación de estímulos, diferenciada de otras y repetida varias veces, resultó investida simbólicamente, surgió el significado por primera vez para el humano, y con él surgió el mismo humano. Sin duda este fue el momento fundacional de nuestra especie, en el cual aparecen por primera vez tanto el objeto como una incipiente lengua, ambas gracias al primer uso de esa singular capacidad a la cual llamamos lenguaje. Traspasado el umbral, la acción humana -la praxis- se hizo construcción de cultura en una progresión exponenciada, cuya meta no es otra que construir un mundo. Un lugar donde surge el sentido, tanto del constructor como de lo construido y de la propia labor de construir, dialécticamente entremezclados los tres. Tomando la expresión de Cencillo, se trata de dar raíz a la intimidad desfondada que somos.

Al aumentar las agrupaciones de estímulos colonizadas por la palabra estas fueron, a su vez, constelándose entre sí para dar lugar a una totalidad. En cualquier lengua un sonido que compone una palabra, una palabra, una expresión o una frase, son imposibles aisladamente, el todo lógico-sintáctico y semántico está gravitando en cada una de ellas. De otro modo resultaría imposible el proceso de la significación y, en consecuencia, el de la construcción de cualquier relato con sentido. Comenzamos a ver por qué los relatos míticos eran inevitables, puesto que al aparecer el significado, necesita estar organizado en un todo presente para la conciencia del humano, la cual ascendió a un nivel imposible para el resto de los seres que permanecieron presos de la inmediatez de los estímulos.

No es un disparate suponer que el mito, siempre ligado a la acción ritual, es tan antiguo como las más antiguas lenguas humanas.

8 de septiembre de 2019

La Vida, esa señora


“La vida lo pondrá en su sitio”, “La vida pone a cada uno en su lugar”. ¿Quién no ha escuchado estas frases a quien toma una decisión que evita un aparente perjuicio para alguien? Por ejemplo, para un alumno al cual hay que evaluar negativamente, sobre todo si esa calificación implica repetir curso. El razonamiento resulta convincente: la vida es una señora estricta y justa a quién tarde o temprano todos hemos de enfrentarnos, ¿quién soy yo para apropiarme de su labor? Como ventajas añadidas, la vida está facilitando mis obligaciones presentes, evitándome problemas de conciencia, e incluso librándome de trastornos burocrático-administrativos (como una reclamación).
Gracias a la señora Vida puedo ir a mi casa satisfecho y conciliar un sueño tranquilo. ¡Todo es miel sobre hojuelas! Lástima que el menor roce sufrido por esta plácida superficie me descubre una realidad muy otra: no existe tal señora, como tampoco el sitio de cada uno.
Para empezar, resulta que la señora Vida ni habita en ninguna parte, ni pasea por nuestras calles porque no es nadie sino una proyección. La vida es un sustantivo nacido de un verbo que expresa una acción, la de vivir, la cual todos llevamos a cabo desde el nacimiento hasta la muerte, y esta sí que es nuestra realidad, como nos mostró Ortega y Gasset. Vivimos y en nuestro vivir aparecen un sinfín de otras personas que hacen lo mismo, de modo que nuestros vivires se cruzan y entrelazan. Además de personas también estructuras sociales, jurídicas y administrativas forman parte de nuestras vivencias y condicionan nuestro vivir. Esa realidad es la que sustantivizamos llamándola vida y, si nos descuidamos, un animismo infantil nos empuja a personalizarla y atribuirle ciertas cualidades idealizadas, de modo que nuestro vivir con sus obligaciones resulta mucho más cómodo, además de inconsciente.
Algunas de estas circunstancias nos exigen tomar decisiones y asumir obligaciones que no siempre son cómodas ni nos resultan agradables. Ante ello, Sartre planteaba dos modos fundamentales de optar: la mala fe y la autenticidad. El primero no ha de confundirse con la mentira, no se trata de que seamos hipócritas y echemos el incómodo muerto a esa pobre señora llamada Vida, no, se trata de autoengaño. Un sutil mecanismo de nuestra psique para aliviar la carga de unas obligaciones inseparables del trabajo al cual nos dedicamos libre y voluntariamente. Del mismo modo que vivir en una ciudad con servicios de agua, vertidos, alumbrado público... es inseparable de pagar unos impuestos para mantenerlos, el trabajo de profesor en nuestra sociedad, entre otras cosas, lleva consigo tanto el enseñar como el juzgar si los alumnos han aprendido, es decir, evaluar.

Hemos de asumir nuestra libertad y sus obligaciones, con todos los dolores y quebraderos que pueda implicar, no sólo con sus ventajas, o dedicarnos a otra cosa, si queremos llevar una existencia auténtica.
Para continuar, tampoco existe el sitio de cada cual en el que la vida, tarde o temprano, lo situará. Este razonamiento esconde la confianza en un destino preestablecido, con la consiguiente liberación de responsabilidades y preocupaciones por mi parte.
Vivimos y, es decir el vivir construye el futuro tanto como es hijo de nuestra historia. Mis decisiones, en las que están otros implicados, repercuten en ellos y construyen el que será su sitio junto a sus decisiones. Todas ellas están condicionadas por lo que he vivido, en lo cual aparecieron tanto mis decisiones como las de otros que formaban parte de mi vivir, de mi circunstancia. De manera que entre pasado y futuro, nuestro tiempo es nuestro destino, nos sigue enseñando Ortega. Amar nuestro tiempo, arrostrar nuestra circunstancia, esta es la tarea ética que nos va construyendo en un sentido u otro, que va construyendo nuestro sitio y el de quienes nos rodean.
Cada uno de nosotros somos la vida, esa extraña señora, y hemos de poner en su sitio lo que nos corresponde y a quién nos corresponde, ni más, ni menos. Decía también Ortega que la vida es el conjunto de las circunstancias, bien, pues formamos parte de las circunstancias de nuestros alumnos, para lo fácil y para lo difícil. Lo mismo que formamos parte,¡voluntariamente!, de poner en su sitio el valor de unas titulaciones que capacitan para realizar ciertos estudios y trabajos. No es propio de un profesor auténtico devaluar titulaciones regalándolas de modo arbitrario, por muy buena que sea la intención con que lo hagamos. Deberíamos hablar más de Ortega y Gasset, también a nuestros alumnos.

23 de mayo de 2019

Cine y amores locos


  Me cago en el amor cantaba Antonio Cuesta, un burgalés con tanta vocación de italiano que adoptó como nombre artístico el de Tonino Carotone. Me cago en el amor, y no es para menos a la vista de los dibujados en Burning, de Lee Chang-Dong, La gaviota, de Michael Mayer y Cold war, de Pawel Pawlikowsky.
El envidioso procura privarte de lo que tu tienes y él desea porque se sabe incapaz de poseerlo o de serlo. Destruye lo deseado con este oscuro razonamiento: si no es mío, de nadie. Y cuando no puede dañarlo lo desprecia, al modo de la zorra a las uvas: no están maduras.
Burning, de Lee Chang-Dong, es la desgarrada, sugerente e inteligente historia de un loco amor ardiente. Su título es perfecto para describir lo narrado, y no sólo en sentido literal. Para los amantes de las tipologías la podemos considerar una película de cine neo negro coreano.
¿Los celos son un tipo de envidia? no los celos compulsivos del ignorante de su absoluta inseguridad, que le empujan hacia la vigilancia enfermiza de su propiedad, sino los celos que sentimos de quien nos parece estar robando lo nuestro, de quien se está convirtiendo, o se ha convertido ya, en nuevo poseedor de lo deseado, un honor, un afecto, una persona. En su fondo late el mismo afán de posesión que en la envidia, por eso cuando la pérdida se ha consumado, no busca tanto recuperar, como privar al otro de lo que nos gustaría ser dueños.
Burning es tanto una historia de envidia, considerando los celos bajo este prisma, como una historia de amor; una envidia generada por un loco amor.
Jong-su, el amante protagonista, es consumido progresivamente por un amor y una sospecha. El primero, quién sabe si es correspondido y la segunda está basada en la continua ambigüedad.
Los personajes y su historia destacan sobre un fondo que no solo aporta leña sino también lanza chispas: una Corea múltiplemente dividida. Viven en la del sur, entre la capital Seul y las granjas rurales del norte, vecinas de la otra Corea y a las que llegan los sonidos de su megafonía lanzando consignas y entonando cantos. Pertenecen a clases opuestas en lo económico, lo social, las inquietudes y los deseos, a pesar de lo cual, o justamente por ello, Hae-mi se deja ayudar por el joven rico y urbano, Ben, del que Jong-su, granjero con sueños de escritor, siente una doble envidia porque también siente celos.
La secuencia en que Hae-mi, el objeto amado, pela y se come una mandarina imaginaria haciendo mímica nos ofrece la más clara línea de interpretación de la película. Jong-su, cautivado por sus gestos, exclama que parece pelar y saborear realmente una mandarina, a lo cual ella responde: lo importante no es que veas la mandarina, sino que no sepas que no está ahí. ¿Quién no ha sido alguna vez, con más o menos arte, pelador de mandarinas? Aunque el aceite de su peladura, el limoneno, no siempre haya llegado a inflamarse y menos del modo como lo hace en Burning.
La gaviota, de Michael Mayer es una obra de teatro que aprovecha las posibilidades del cine, no para difundirse, sino para reconstruirse; no es teatro filmado, sino llevado a la pantalla. De otro modo, es cine clásico: apoyado en unas actuaciones brillantes, una fotografía cuidadísima y, sobre todo, un guión y unos diálogos, los de la obra de Chejov del mismo nombre, que resultan su principal cimiento. Justo lo que Hitchcock jamás hubiera hecho, pues detestaba este modo de hacer cine que destroza tanto el trabajo del creador literario como las posibilidades de la imagen en movimiento.
Esta versión de La gaviota filmada por Mayer apenas presta atención al conflicto entre dos modos de entender la escritura teatral, representados por dos de sus personajes, el del joven Konstantin Treplióv, que anticipa el simbolismo y la innovación de la puesta en escena frente al de Borís Trigorin, que encarna el realismo teatral y la escena clásica. La película prefiere quedarse ante todo con los amores cruzados y las locuras a las que estos empujan a los protagonistas.
Más que amores locos, que los hay, son amores que llevan a la locura, si por locura podemos entender el tirar la propia vida por la borda de múltiples modos. Desde el más radical y abrupto, como el suicidio, hasta el más ingenuo y perseverante, como el empeño sin fatiga en lograr a quien ni nos ama, ni tiene el menor interés en ser amado por nosotros. Pasando por el del abuso sin escrúpulo de la fama y la posición, el ensimismamiento destructor de lo que debería sernos más amado, como un hijo, en aras de un narcisismo que lucha inútilmente contra el irreversible avance del tiempo. O la inocencia tan eclipsada ante el ídolo admirado, que no puede, o no quiere, ver más allá al humano lleno de miserias.
El telón de fondo del amor imposible narrado por Pawlikowsky es el de la Europa de la década y media posterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir, el comienzo y consolidación de la Guerra Fría. El título, Cold War, más allá de señalar el telón de fondo histórico del amor entre Zula y Wiktor, ha de entenderse también como la descripción de su amor. Dos bloques imposibles de conciliar, incapaces de comunicarse, jugando continuamente al engaño mutuo y a la vez necesitando el uno del otro para encontrar su sentido, e incluso para seguir existiendo. Su relación no está condenada al fracaso porque sean títeres de una Europa separada por el Telón de Acero, que lo son, sino por la guerra larvada que los dos amantes mantienen desde su primer encuentro. El contexto no genera su amor loco, tan sólo añade más leña y canaliza el fuego de modo existencialista: hay momentos en que la película está emparentada con la Nouvelle vague, Bergman y el Antonioni de El eclipse.
La unión de los protagonistas desprende un fuego tan intenso que ha de ser fugaz forzosamente. Nunca podrá prolongarse en el tiempo pero siempre desearán que ello suceda. Una vieja canción lo describe certeramente: ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio, contigo porque me matas sin ti porque yo me muero, ni contigo ni sin ti.

6 de mayo de 2019

Horizontes

Para Paco, mi amigo. 

Cómo enfrentar el futuro incierto, cuando el cielo es tan sucio que ni siquiera somos capaces de imaginar el sol.
Caminamos siempre en la ignorancia del futuro, pero también en su confianza y cuando ésta se trunca el camino no es difícil, sino perdido. Nuestros pasos se tornan movimiento mecánico, pesado las más de las veces, absurdo a ratos y sin fuerzas de continuo. Los músculos no hacen más que cumplir, sin saberlo, los mandatos nacidos del fondo de nuestro ser, fuente de toda fuerza. Un fondo ausente, que nos vamos modelando sobre el torno del pasado con barro tierno del mañana.
¿Qué podemos construir si, un mal día, el barro se nos vuelve agua sucia?
¿Cómo avanzaremos si perdemos el horizonte? Si la fría luz de la consciencia se hace carne y lo derriba, ¡en un instante! Como el relámpago que muestra un abismo a nuestros pies cuando nos creíamos seguros.
El horizonte perdido no regresa jamás, pero seríamos necios amando lo perdido, porque amar siempre es presente, deseo naciente, sed de futuro. Amamos la vida y la estación de los amores viene y va renovando lo que ahora parece lejano, apagado, inalcanzable.
Los horizontes perdidos dan paso a otros nuevos, instantáneamente renovados con la fuerza del amor a la vida. Y el reverso del dolor aumenta nuestra dicha al alumbrar la nueva intensidad del tiempo, que pone un barro más puro, más moldeable, en nuestras manos.
Los deseos no envejecen a pesar de la edad o de las dificultades, más bien crecen, y con ellos la carne consciente, cuya herida creíamos la más cruel ladrona, se nos revela de pronto maestra: bebe el sabor de cada nuevo encuentro, unge tu cuerpo con el gozo del instante, de cada instante, y nunca sucumbas al letargo que los deja escapar.
El sol de la tarde alarga las sombras, y su burlona huida despierta el gusano de la desesperanza, la sospecha de que nuestros pasos son inútiles para alcanzarlas. Mas así es la vida del hombre, deseo perpetuo de sombras, y mientras haya deseo habrá futuro, habrá vida.


17 de noviembre de 2018

Liturgias


En la católica España de la dictadura y la transición, lo recuerdo bien, había que oír misa todos los domingos y fiestas de guardar. Una obligación con mayores consecuencias que la mera asistencia a la iglesia durante unos tres cuartos de hora, dependiendo del cura la oficiase, porque impedía alejarse de sitios habitados y con la debida asistencia espiritual.
Cuarenta años después las misas son escasamente frecuentadas, pero hallamos nuevas liturgias que encadenan los domingos, como los torneos escolares de fútbol, a los cuales deben acudir religiosamente los padres acompañando a sus niños.
Ambas son práctica matinal que requiere de la asistencia al lugar de culto, ahora el patio de un colegio o el campo del barrio, como antes lo eran las parroquias.
Si muchos partidos se celebran en sábado, recuerdo que la católica España daba la oportunidad de asistir a misas convalidables con las dominicales la tarde de los sábados.
Había que arreglarse, por supuesto, y no se podía acudir de cualquier manera puesto que la misa servía también de escaparate social. Tampoco al campo se puede ir desaliñado, pues hay que quedar bien con los padres de nuestro equipo y dar envidia a los del rival.
Las misas eran lugar de encuentro y chismorreo, como ahora lo son los partidos de los niños, y era frecuente tomar luego un vermut, en los bares de costumbre, para matar el hambre que la comunión acarreaba y completar la celebración dominical, como también sucede ahora tras el esfuerzo de animar al equipo de nuestros hijos y criticar a los del contrario.
¡Cuantas parejas no se forjaron a través de furtivas miradas mientras se respondía a las palabras del cura! Y cuantas no nacen ahora, especialmente entre los padres separados, mientras brota el deseo al grito de ¡penalti!
Modos de religiosidad tan próximos en sus prácticas que hay quienes, ¡insaciables!, no quieren renunciar a ninguno, y tras el partido acuden a la misa para acabar luego comiendo en casa de los suegros. De un templo a otro en continua celebración de la liturgia dominical.