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23 de mayo de 2024

Todos somos extranjeros

 


"Ignoramos el nacionalismo idólatra. Amamos todos los países. Todos somos extranjeros. Las lenguas, los tipos étnicos, nada cambia en nuestra condición humana de exiliados en el mundo: la patria está en otra parte... Allá donde las fronteras están abolidas; allá donde se ha establecido la civilización común; allá, donde han sido alcanzados los fines dignos de la humanidad entera.

¿Cosmopolitas? No: es demasiado lujo. ¿Universales? No: demasiado culto. ¿Humanistas? No: demasiado científico. ¿Ciudadanos del mundo? Eso deseamos. No está permitido.

Somos todos extranjeros... con pasaportes falsos. Tenemos un ghetto: la tierra. Sin embargo, la tierra es nuestra.

Desde los tiempos bíblicos, desde Job hasta Charlot, aquel que ha venido a vivir sobre la tierra no tiene patria, salvo la tierra misma. El Hombre es el soldado de la Humanidad y su única arma es su grito ante el Universo, grito ahogado por las fanfarrias, los himnos, los cañones.

Somos todos extranjeros. El Hombre es en primer lugar el indígena de la tierra; después, y al mismo tiempo, el hombre a secas, el Extranjero. Es el campesino sin tierra de la Humanidad.

Somos todos extranjeros de un modo carnal. Somos todos carnales de un modo fraternal. Somos todos fraternales en una sola mirada. Más para ello, es necesario que todos nos miremos como extranjeros."

 

Carlos Edmundo de Ory. "Todos somos extranjeros", Amiens, 1968.

 

11 de junio de 2023

Películas necesarias




Desde su aparición, el cine ha jugado diferentes funciones en la sociedad. Mágica diversión; válvula de escape; forja de mundos, maravillosos unos y monstruosos otros, pero igualmente atractivos; escuela donde aprender hechos del pasado, culturas remotas o figuras relevantes; testigo de su época, de su sensibilidad y visión del mundo; denuncia de los problemas y preocupaciones que nos acosan; despertador de conciencias, como ese niño que muestra al emperador desnudo.

Por otro lado están la técnica y la calidad artística de cada película, de modo que hay obras en las que se unen función, calidad y técnica, como El acorazado Potemkin, que enseñan, despiertan conciencias, son forjadoras de la sintaxis cinematográfica y tienen gran calidad artística. Otras, en cambio, socialmente destacan en su función, pero técnica y artísticamente resultan deficientes, como sucede con Justi&Cia. Algunas veces confluyen la calidad artística y el dominio de la técnica para, como decía Unamuno, frotar con sal y vinagre las heridas, esas que por la costumbre o por insensibilidad parecen no doler y pasan desapercibidas, causando con el tiempo graves enquistamientos o úlceras incurables. Estas películas son necesarias para su época.

Durante el otoño me encontré con unas cuantas películas de este tipo, de las cuales destaco las cuatro que dejan muy atrás al resto.

El informe Auschwitz (Peter Bebjak, Eslovaquia 2021) nos muestra un hecho real y poco conocido, la fuga de Auschwitz de dos judíos checoslovacos, Rudolf Vrba y Alfréd Wetzler, en abril de 1944. La película narra con una poderosa fotografía y un ritmo de estilo clásico su angustiosa huida hasta llegar a Checoslovaquia, y las descorazonadoras resistencias iniciales de las autoridades internacionales de la Cruz Roja a creer los hechos descritos. Su posición dentro del campo les permitió conocer el funcionamiento de las cámaras de gas, y hacer un cálculo de los asesinatos perpetrados cada día. Escaparon con sus notas y una etiqueta del tóxico empleado, el tristemente famoso Zyklon B. Su información a las autoridades se conoce como El informe Vrba-Wetzler o El protocolo de Auschwitz.

Lo que hace a esta película necesaria hoy en día, es el encuadre que Bebjak le proporciona. Se abre con una frase del filósofo Georges de Santayana: Aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla; y se cierra con una preocupante banda sonora acompañando a los créditos: discursos y declaraciones de políticos actuales avivando las brasas del odio. Son las voces de los jaleadores del mal, entre los cuales distinguimos a Trump, Bolsonaro, Viktor Orbán y Putin, entre otros.

En momentos de auge de neofascismos en todo occidente y de negacionismo del Holocausto (en nuestro país, de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura franquista), es preciso divulgar los hechos ocurridos y, sobre todo, entender que pueden repetirse, que un incendio no empieza con un bosque en llamas, sino con unas chispas -inconscientes, en el mejor de los casos- que prenden unos matojos.

 Necesaria es también Queso de cabra y te con sal, (Byambasuren Davaa, Mongolia, 2020), del mismo director que nos sorprendió y cautivó con su documental La historia del camello que llora.

Quiero destacar que estamos ante cine con mayúsculas, igual que sucedía con El informe Auschwitz; son películas que no se pierden en interminables metrajes -ambas rondan los noventa y cuatro minutos- ni en complicaciones innecesarias. Cuentan limpiamente sus historias, apoyándose ante todo en la imagen y despertando emoción y tensión, como defendía el maestro Hitchcock. Davaa, además, nos muestra que la poesía, cuando es verdadera, no necesita de la complicación ni del artificio. Lo más profundo suele ser lo sencillo, por eso nos pasa tan desapercibido.

La película me ha mostrado una realidad que desconocía y que su historia denuncia, la actuación de multinacionales mineras, como la angloaustraliana Río Tinto o la canadiense Turquoise Hill en Mongolia. Empresas que extraen cobre y oro a costa de la destrucción del hábitat y los medios de vida de los nómadas de las estepas, especialmente de la región de Gobi. Generan un problema añadido debido al agua que necesitan para lavar el mineral, unos trescientos metros cúbicos por minuto. Para obtenerla desvían el cauce natural de los ríos y luego la vierten, sin mucho disimulo, contaminando los acuíferos de la región y de todo el cauce subsiguiente. El gobierno habla de revitalizar la estepa, incluso legisla en tal sentido, pero tolera su destrucción haciendo la vista gorda. Con unas indemnizaciones que son calderilla para estas multinacionales, están acabando con modos de vida ancestrales y un paisaje singular, además de contaminar el auténtico tesoro que es el agua.

La tercera es El agente topo (Maite Alberdi, Chile, 2020) un documental con aspecto de ficción, también de metraje inusual en la actualidad -¡ni siquiera llega a los noventa minutos!-, que se ocupa del principal problema de los viejos en occidente, la soledad. Lo hace infiltrando un agente octogenario en una residencia de ancianos chilena y adaptándose a sus ritmos, a sus emociones y a sus luctuosos sucesos. Con tal maestría y sensibilidad que somos conscientes de haber contemplado la realidad, con su ternura y su crudeza inexorable.

Alberdi no se ocupa de toda la problemática de los ancianos internados en residencias, nada vemos sobre el gran negocio que hoy suponen para empresas multinacionales, que buscando el beneficio no pueden responder ante situaciones anormales. Lo presenciamos durante la pandemia, que supuso la muerte en soledad y con total desatención médica de veinte mil ancianos durante el 2020, especialmente en la comunidad de la libertad, cuya Consejería de Sanidad decretó un protocolo que supuso la muerte ¡en tan solo veinte días! de más de seis mil ancianos que no disponían de un seguro médico privado -siempre ha habido clases- Ofrendados a la Parca en completa soledad dentro de las celdas de estas empresas, defendidas por el citado protocolo oficial. Pero ya parece haberse olvidado, vistos los resultados de las últimas elecciones, o tal vez sea que los ancianos no merecen atención salvo cuando son rentables. Miopes ambas visiones, especialmente si consideramos que la vejez, más que nuestro futuro, es nuestro presente: el 21% de la población de nuestro país tiene más de 65 años de edad y los menores de treinta no alcanzan siquiera el 30%

El problema de la soledad está presente con tal fuerza en occidente que algunos países, como Japón e Inglaterra, cuentan con un Ministerio de Soledad. Hay dos grupos de población entre los que más se extiende la soledad no deseada, los viejos y los adolescentes; grupos que ofrecen las más altas tasas de suicidio; así en 2021 casi mil personas de más de setenta años  y trescientos dieciséis de entre quince y veintinueve años se suicidaron en España.

La cuarta que considero, además de buena, una película necesaria es El olvido que seremos (Fernando Trueba, Colombia, 2020). Se trata de una biografía parcial del médico colombiano Héctor Abad Gómez, asesinado a tiros en 1987 en Medellín. Ni era un político, ni tampoco un revolucionario al uso, por origen, posición y actividad era un humanista liberal, que de hecho militó en el Partido Liberal Colombiano. Su revolución consistió en ser buena persona, íntegro, veraz y defensor de los derechos humanos, especialmente del número 25, que se ocupa de la salud y la atención médica. Luchó pacíficamente, con la palabra, por la salud pública para todos los colombianos. Desgraciadamente, la promoción de políticas de salud destinadas especialmente a quienes más lo necesitan -como es lógico- en lugar de a las élites privilegiadas, políticas que redundaban en beneficio de toda la sociedad, era intolerable para la extrema derecha en los años ochenta, pues destrozaba la jerarquía “natural” de la sociedad. Hoy las derechas, extremas o moderadas, lo siguen considerando intolerable, aunque la razón sea otra, estorban el lucrativo negocio de las empresas sanitarias.

Trueba presta atención por igual al compromiso socio-político de Abad y a su vida familiar, construyendo así un relato más humano y creíble, además de fiel al libro en que se basa y del cual adopta también el título, escrito por el hijo pequeño del médico, Héctor Abad Faciolince.


Cine de calidad preocupado por nuestro presente y constructor de mundos mejores. Cada una de ellas sigue un camino diferente, desde el realismo hasta el documental, pasando por la biografía. Disfruté descubriendo horizontes que desconocía con Queso de cabra y te con sal; recibí una lección de historia y de humanidad con El olvido que seremos; despertó mi ternura y sensibilidad hacia los viejos con El agente topo; y profundicé en temas que me preocupan hace tiempo con El informe Auschwitz. Las cuatro me encantaron y en nuestro dos mil veintitrés me parecen totalmente necesarias.

Olimpiadas. Futbol

 Comparto estas dos reflexiones que publiqué en elDiario. Una sobre actividades educativas que escapan de la escuela y otra sobre los problemas del omnipresente futbol, como el racismo:


https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/olimpiadas-pensamiento_132_10093847.html

https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/futbol-genera-racismo_132_10245082.html

16 de marzo de 2023

Escuelas obesas


 

Comparto esta reflexión que publico en elDiario sobre la capacidad de la escuela en la sociedad y el conocimiento que la sociedad tiene de la escuela:

https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/escuelas-obesas_132_10037283.html

18 de enero de 2023

Amor y riesgo

    

    Es difícil moverse actualmente en terreno educativo sin tropezar constantemente con dos verbos que aparecen por igual en cursos de formación, en planes gubernamentales o en rótulos de direcciones generales: innovar y digitalizar. Deben contener la clave secreta para resolver todos los problemas de la educación actual, para fundir el hielo del desinterés de nuestro alumnado y para encauzar sus voluntades dispersas.

    Sospecho -mis años me obligan a ello- que pasan por alto detalles menores, tal vez carentes de importancia, como los que revela Irene Vallejo hablando de la profesora de griego que tuvo en el instituto:

    Pronto, la sorprendente Pilar rompió las alambradas de mi escepticismo. De aquellos dos años aprendiendo de ella, recuerdo el placer del descubrimiento, del vuelo, la asombrosa alegría del aprendizaje. Éramos un grupo tan pequeño de estudiantes que acabamos sentándonos todos alrededor de una mesa y formando corrillos como conspiradores. Aprendíamos por contagio, por iluminación. Pilar no se atrincheraba detrás de las declinaciones, las frías fechas y cifras, las teorías abstractas, los artefactos conceptuales. Era transparente: sin tretas, sin alardes, sin poses, nos descubrió su pasión por Grecia. Nos prestaba sus libros favoritos, nos contaba las películas de su juventud, sus viajes, los mitos en los que se reconocía. Cuando hablaba de Antígona, ella misma era Antígona; y cuando hablaba de Medea, nos parecía el cuento más terrorífico que jamás habíamos escuchado. Al traducirlas, sentíamos que las obras clásicas se habían escrito para nosotros. Olvidamos el miedo a no entenderlas. Dejaron de ser losas pesadas, impuestas. Gracias a Pilar, algunos de nosotros anexionamos un país extranjero a nuestro mundo interior.

    Años después, cuando yo misma me he tenido que enfrentar al vértigo de una clase, he comprendido que hace falta querer a tus alumnos para desnudar ante ellos lo que amas; para arriesgarte a ofrecer a un grupo de adolescentes tus entusiasmos auténticos, tus pensamientos propios, esos versos que te emocionan, sabiendo que podrían burlarse o responder con cara de piedra e indiferencia ostentosa.    (de “El infinito en un junco” de Irene Vallejo)

    Amar a tus alumnos y amar lo que les enseñas. Arriesgarte a desnudar el alma -un poquito al menos- para invitarlos sinceramente a sumergirse en mundos nuevos. Ambos verbos son imprescindibles para componer la vocación de cualquier docente. Por último, descendiendo hasta un terreno que, por más prosaico, no deja de ser igualmente necesario, disminuir el número de alumnos por aula.

    Aunque probablemente esté confundido y deba alejar estos desvaríos peregrinos que me apartan de la recta tarea: digitalizar e innovar.

9 de julio de 2021

El futuro en la educación

 


Poco antes de la Gran Recesión del 2008 (de la cual, por cierto, aún no hemos salido) al recomendarle a un alumno de la e.s.o. que aprovechara el tiempo, me espetó: “cuando cumpla los dieciséis me voy a trabajar de albañil como mi hermano, ¡que cobra más que tú!”

Y en la España de ese momento tal situación era cierta, sin cualificación profesional, sin acabar siquiera la eso, un peón de albañil con sus horas extra, cobraba más que un profesor de secundaria, con su licenciatura y su oposición.

Si el sueldo mide la importancia de un oficio -calvinismo imperante unido al economicismo-, entonces un profesor, sea de primaria, secundaria o universidad, no parece tener mucha.

Por otra parte, la devaluación de la función social del docente resulta inevitable si no se entiende cuál es esa función, y a día de hoy, comenzando por la mayor parte de los políticos, se ignora el para qué de la educación. Lo cual nos encara ante la raíz de todo nuestro problema, una ausencia presente en nuestras escuelas, institutos, universidades, en nuestro sistema educativo entero y en nuestra misma concepción de la educación: la ausencia de proyecto, de ideal de humano y de sociedad; la ausencia de utopía.

Sin meta resulta igualmente absurdo hablar de progreso como hablar de regreso, porque el horizonte se ha tornado parte de un decorado que tan solo sirve para generar una falsa ilusión, o para ocultar un angustioso vacío -nihilismo, sentenció Nietzsche- Y es que nuestra especie para vivir, en vez de arrastrarse inercialmente en una existencia lastrada por la nada, precisa de futuro, el cual implica sentido y por tanto, metas, proyectos, ideales. Otro asunto es el origen del necesario sentido, el cual nace de nosotros mismos y nuestra relación con el medio, no lo olvidemos, pero esto nos llevaría demasiado lejos.

De momento, la inercia nos mantiene apoyados en el viejo proyecto ilustrado, el de la emancipación a través del conocimiento racional, que exije dotar al humano de la herramienta básica, la lectoescritura que le permite acceder al conocimiento. La práctica, sin embargo, lo muestra tan ruinoso, como ineficaz, pues hoy el problema no es el acceso, sino la saturación de información, y los nuevos códigos en que se apoya, las imágenes. Sin embargo, no se dota de una “lectoescritura de la imagen”, de una educación icónica, para no estar indefensos ante las tic. Unas tecnologías donde la imagen apela directamente al sentimiento y la emoción, para guiar al usuario hacia el conformismo individualista, estando así implicadas directamente en la disolución de los lazos que generan comunidad, pues falsean las relaciones humanas generando afectos ilusorios y efímeros.

Tampoco, en consecuencia, es suficiente la mera razón ante la situación presente, pues las tic funcionan más al modo de los viejos mitos que al la joven racionalidad. Sin embargo, parecemos ciegos ante la necesidad de educar tanto en lo emocional, como en lo icónico a ello ligado.

Si no sabemos cómo queremos ser, ni en qué mundo queremos vivir, estamos condenados, no ya a ser y vivir como de hecho lo estamos haciendo, sino como las circunstancias mandan y como los deseos inconfesados, que siempre van a salto de mata, improvisan torpemente.

Otra consecuencia de la ausencia de proyecto es la pérdida de la esperanza, sentimiento imprescindible si queremos seguir siendo humanos e incluso seguir existiendo simplemente.

Espinosa no entendió la esperanza, la creyó una pasión triste y bloqueante porque en realidad hablaba del conformismo, el que está bien atado por el deseo de una solución que cambie el presente por arte de magia, sin intervención nuestra. Tal vez sea cuestión de terminología, pero la pasión que critica podría llamarse fatalismo engañado, y está en las antípodas de la esperanza, la cual es mirada alegre, consciente del camino y sus dificultades, pero a la par confiada en lograr su meta, la cual ha sido fijada por el mismo hombre esperanzado.

Todo ministro de educación debería leer a Bloch en vez de los informes de la OCDE, los de Pisa, los del Consejo Escolar del Estado o las estadísticas de su ministerio. Las leyes de educación no están guiadas por la esperanza, no enfrentan el futuro, sino que reaccionan lentas y mal al pasado, de manera que consagran el presente. No cuestionan si tal como se está desplegando hasta hoy la sociedad de la información es deseable o no, si ha de cambiarse, y en este caso, cómo, simplemente aspiran a que los estudiantes se suban a ella como usuarios eficaces.

Más todavía, colaboran con su funcionamiento al estimarla el cauce, cada vez más necesario, para la marcha del propio sistema educativo. No se plantean qué es, ni cómo ha de funcionar el mercado, o la economía en general, tan solo tratan de formar ciudadanos funcionales para un mercado concreto ya en funcionamiento, y trabajadores que satisfagan las necesidades de una economía dictadora de las leyes de nuestra sociedad.

No sopesan si el actual orden de prioridades vitales nos conviene o nos interesa, simplemente lo perpetúan en los planes de estudios y en los currículos de las diferentes asignaturas. Todo lo más, hacen declaración de buenas intenciones en los preámbulos de la ley, que luego su desarrollo se encargará de imposibilitar. Como al hablar de la formación de ciudadanos críticos, democráticos y responsables, cuando luego vacían a la escuela de todo funcionamiento democrático, anulan la capacidad decisoria de los Consejos Escolares y de los Claustros de profesores, esclerotizan la participación del alumnado y los padres, desoyen cualquier propuesta, petición o reivindicación. O al llamar al fomento de la igualdad, de la integración y la inclusión, cuando luego se financia una red concertada excluyente, desigualadora y que se sacude de encima a todo alumno con necesidades especiales del tipo que sean. O cuando proponen el trabajo colaborativo, el aprender a aprender y en la práctica premian la competencia feroz, el individualismo, la pugna por los resultados numéricos y la titulitis (de la cual varios de nuestros políticos han manifestado graves síntomas).

Si tenemos futuro, es para orientar y encauzar el presente, no para huir de él. El pensamiento utópico no es sueño veleidoso, ni fuga de la realidad, sino su motor de cambio, es esperanza. La única que puede sacarnos de la presente distopía en que estamos inmersos. Por eso el futuro en la educación es la base necesaria que le da sentido y evita su giro en el vacío.

7 de marzo de 2021

Mercado educativo


Hace tiempo que nuestro mundo, cada vez más globalizado, se puso las gafas del reduccionismo economicista y ve la realidad, sea la social o la personal, del color de las transacciones económicas. El reduccionismo se duplica al calarse la visera del modelo económico de mercado, cuya sombra se nos vende como la única capaz de proteger la mirada.

Este modo de abordar la realidad no solo impide una adecuada visión de la misma, sino que además la altera y transforma desde sus creencias, las cuales nunca ha justificado.

Cuando esta mirada economicista recae sobre la eduación, la reduce a una relación mercantil en la cual tan solo algunos ciudadanos, los alumnos y sus padres, son clientes del sistema educativo producido y ofertado por el estado. No solo impide que entendamos el papel que esta desempeña en la sociedad y su función en el proceso socializador del humano, sino que pervierte el funcionamiento del sistema educativo en su conjunto, al pretender regirlo por las leyes del mercado.

Todo buen empresario quiere vender y puesto que el cliente siempre lleva la razón, nuestros dirigentes buscan hacer su producto atractivo para la clientela cediendo sistemáticamente en dos áreas: las demandas, como la de más días lectivos (asimilados a días de cuidado de hijos), y los problemas, como el del fracaso escolar (asimilado con el número de suspensos y, por causa de estos, con la repetición de curso).

Nuestras autoridades educativas, culpan reiteradamente a los docentes y les imputan toda responsabilidad respecto a ambas áreas. Actuando como esos jefes que siempre culpabilizan a sus subalternos para así dejar a salvo su autoridad y competencia.

De este modo generan un enfrentamiento entre empleados/vendedores, papel al cual reducen a los docentes, y usuarios/consumidores, papel al cual reducen a padres y alumnos, que pervierte las relaciones dentro de la escuela. Así, la dinámica docente/estudiante se envuelve con una hostilidad que se extiende también a la dinámica docente/padres y, en la misma lógica mercantilista, se prolonga en una creciente judicialización, como si de un conflicto de intereses se tratase. La relación maestro/alumno, ayudados ambos por los padres, no encaja en la perspectiva economicista.

No consideran si las demandas competen al estado, como tampoco analizan si los problemas realmente son tales. El temor a dar una mala imagen como gestores de la empresa se lo impide, y ceden ante cualquier demanda respaldada por asociaciones de padres o por grupos de poder, especialmente si viene jaleada por los medios de comunicación. Ello impide el análisis de las causas y la búsqueda de las soluciones para los  problemas reales. La racionalidad y la conveniencia de lo demandado para el conjunto de la sociedad, pasan a segundo plano ante el ruido mediático que perjudica al negocio educativo.

Estas gafas y esta visera ocultan la necesaria función de la educación para el conjunto de la sociedad, no sólo para quienes en el presente son padres con hijos estudiantes. Hacen olvidar que la formación es diferente de la titulación y, para colmo, reducen la escuela a un negocio de venta de títulos: el de primaria, e.s.o., bachillerato, grados profesionales y universitarios, hasta los de postgrado, con el título rey, el del master (no resulta extraño que más de uno lo adquiera de modo fraudulento, quien sabe con qué oculto pago).

La educación presenta una riqueza tan grande, una complejidad de factores, actores y objetivos, además de una importancia tan decisiva para la sociedad, que no puede entenderse ni practicarse desde la miope visión economicista.

 

21 de febrero de 2021

Pandemia educativa (3ª parte)


El crecimiento desmesurado de las urbes en las sociedades del siglo XX y del XXI, está eliminando los espacios de socialización entre pares. Fuera de occidente esta hipertrofia no va unida a la obsesión por la seguridad y el control de los hijos, permitiendo espacios de libertad, aunque también de peligro múltiple. Pero cuando confluyen los dos factores, como sucede en occidente y en nuestro páis, la necesaria parte de la socialización que ha de darse entre iguales queda seriamente alterada, y produce enormes distorsiones en el funcionamiento del sistema educativo.

Cuando los espacios de libertad y contacto desaparecen por el crecimiento de las ciudades y el consiguiente aumento de las distancias físicas, que provoca un gran volumen de tráfico rodado.

Cuando las facilidades para cuidar a los hijos no existen, y la llamada conciliación familiar para los padres trabajadores es una necesidad cuya satisfacción el estado pospone indefinidamente.

Cuando la disminución, casi desaparición, del control social da carta de impunidad a conductas antisociales en adolescentes y no contribuye a socializar a los niños.

Cuando las redes sociales se anteponen al contacto físico, no solo de los niños y adolescentes, sino incluso de lo mismos padres.

Cuando todo esto sucede, las necesidades buscan camino para su satisfacción y lo han encontrado, más allá del breve tiempo de los recreos, en las aulas de colegios, institutos e incluso de facultades universitarias. (En estas últimas por el progresivo retardo de la maduración socioafectiva)

Si no hay otros espacios y otros tiempos para el necesario contacto, para el encuentro, las aulas se convierten en el nuevo lugar de socialización entre pares, necesario para que se construyan como seres sociales de carne y hueso.

Lo vemos en su deseo de acudir cada mañana al centro educativo y ser cuantos más mejor en cada aula para disfrutar de verdad, para estar vivos.

Lo vemos en sus comportamientos espontáneos ajenos a la necesidad de distancia social, y a la frialdad del no contacto, aunque estemos en plena pandemia.

Lo vemos en los padres que, incluso teletrabajando en muchos casos, necesitan a sus hijos en la escuela porque así son mucho más llevaderos en casa.

Y lo vemos en las medidas políticas, que priman la promoción de cada curso y el porcentaje de aprobados sobre la formación y el aprendizaje. No tratan de construir ciudadanos, sino de ahorrar una partida dedicada a la conciliación.

Lo vemos en unos padres doblemente engañados -y autoengañados- al tener a sus hijos recogidos y al ver los buenos resultados que obtienen.

14 de febrero de 2021

Pandemia y educación (2ª parte)

Otra verdad que aflora es la falta de interes por la educación de nuestras autoridades, que disimulan cada vez más a duras penas. No es extraño si tenemos en cuenta que la política lleva años profesionalizada (como señaló Max Weber hace ya más de un siglo hablando de la burocratización social y los tipos de político) y quien ha abrazado este oficio no quiere ir al paro, sino seguir ocupando cargos.

El político profesional piensa a cuatro años vista y las inversiones educativas no se lucen a tan corto plazo.

Esta falta de interés se une a la confianza en la maquinaria del estado y su inercial funcionamiento. Nuestros políticos de oficio dan por sentada la rutinaria marcha de las ruedas burocráticas, sin reparar en ello siquiera, y cuando alguna se avería, a menudo por simple falta de mantenimiento, la parchean improvisadamente.

En el caso de la educación hay que añadir el generoso y voluntario trabajo que la mayoría de los docentes realizan, muy por encima del que su función administrativa exige.

¿Por qué siguió funcionando el sistema educativo entre marzo y junio de 2020, los meses del Estado de Alarma? No fue por la preocupación y el buen obrar del Ministerio, ni de las Consejerías de Educación, sino por la tarea de los docentes. Sus casas convertidas en aulas, su tiempo abierto a dudas y consultas en jornadas interminables, sus propios medios materiales a disposición de la enseñanza, ordenadores, conexiones a internet, teléfonos, espacios, calefacciones, electricidad ... Todo ello a cambio de ingratitud y burla por parte de unos políticos que juegan a enfrentarlos con los padres y la sociedad, dando una imagen tal falsa como irreal de su labor.

También señaló Max Weber que en los estados modernos es el funcionariado, y no los políticos, quien hace que este marche, quien mantiene girando las ruedas de las instituciones. Hemos visto lo mismo en sanidad durante el estado de alarma, la cual ha seguido funcionando a pesar de las actuaciones políticas.

Este desinterés por la educación ha llegado a su paroxismo al considerar la absoluta necesidad de tener abiertos los centros escolares, al menos entre la infantil y el bachillerato, no por lo que puedan aprender ni por la formación que vayan a recibir los alumnos, sino para tenerlos cuidados, recogidos, custodiados. Liberando así a los padres para que puedan trabajar, teletrabajar en muchos casos, sin preocuparse de sus hijos.

Lo que lleva años gestándose, la enseñanza-guardería, se ha mostrado a las claras gracias al covid-19. Educar es caro, no se luce a cuatro años y además es inutil. Con tener recogidos a los niños y entretenidos a los adolescentes y jóvenes -sin que suspendan demasiado para contentar a sus padres- es suficiente. Para qué van a preocuparse de más nuestros gobernantes si han aceptado que nuestro país sea un macrocomplejo turístico. En el Spanish resort ¿quién necesita otra cosa sino gente simpática, con gracejo, dedicada a la hosteleria y la restauración?

31 de enero de 2021

Pandemia socrática


 Quienes nos dedicamos a la educación estamos viendo el lado socrático de la pandemia. Como Sócrates, que decía tener el oficio de su madre, partera, pero ayudando a alumbrar conocimientos en lugar de niños, la pandemia está destapando viejas enseñanzas, temas conocidos que parecen adquirir novedad circunstancial. A la vez, está evidenciando debilidades nacidas de la concepción postmoderna o líquida -como señaló Bauman- de la política. Para quien quiera verlo, pues así somos los humanos corazones.

La semipresencialidad, con sus días alternos de asistencia por mitades de cada curso a partir de tercero, ha reducido el tamaño del grupo de alumnos, destapando una de estas viejas novedades: con menos alumnos por aula el aprendizaje resulta más efectivo; la cercanía del pequeño grupo permite trabajar de un modo más personalizado, lo cual redunda en la eficacia de la enseñanza. Este principio básico era de sobra conocido por todos los que nos dedicamos a enseñar, y sin embargo, muchos docentes lo habían olvidado tras años de bombardeo institucional. Expertos educativos, gurús interpuestos por nuestras autoridades para dinamizar a un profesorado anclado en viejas rutinas y desmotivado ante los nuevos retos del comienzo de siglo, llevan décadas escupiendo en nuestras caras el mensaje salvador del sistema educativo.

Estos oráculos no cesaron de anunciar la venida de las herramientas informáticas y el e-learning, con sus sacramentales pizarras digitales, tablets y plataformas docentes como edmodo, moodle, classroom y otras, puestas en marcha por algunas autonomías. 

En los nuevos libros sagrados se habla sin cesar de metacognición, motivación y gamificación, también de integración e inclusión, pero sobre todas las cosas, de innovación, competencia digital, cambio metodológico y tecnologías educativas.

Las tecnologías de la información son hoy nuestro viático hacia la salvación y no existe camino fuera de ellas.

A la par, estos profetas de congresos y cursos de formación nos empujan al arrepentimiento y la conversión, denunciando publicamente nuestros pecados:

¿Crees en el Collaborative eLearning?

¿Has frecuentado la flipped classroom?

¿Trabajas con PBL (Project-based learning)?

¿Dónde está el design thinking en tus clases?

¿No caminas por el ámbito STEAM (Science, Technology, Engineering and Math + Arts and Design)?

¿Has creado alguna escape room en tu aula?

Bajo el peso de estas preguntas nos decubrimos pecadores, sobre todo por omisión. Terrible pecado que nos torna, sin saberlo, sicarios de un oscuro señor y sembradores del mal, es decir, del fracaso escolar y de la crisis del sistema educativo. Porque no caben medias tintas, y si no abrazamos la nueva fe, si no somos apóstoles encendidos de la nueva verdad, estamos traicionando la educación. El docente que no está conmigo, está contra mí, y es causante de la crisis del sistema educativo.

Por fortuna para la mayoría, el contagio ideológico y el emocional son tan inseparables de nuestra especie que cobramos conciencia de nuestra culpa, y avergonzados corremos a confesarnos con el community manager de nuestro centro, dispuestos a abrazar la nueva fe. Y quien no se contagia del fervor lo simula, por si acaso, no vaya a terminar señalado con el dedo por pecador irredento, o en boca de todos por loco trasnochado.

 Tal vez debamos leer a escondidas autores heréticos como Saint-Exupèry para reencontrarnos con el pasaje en que el Principito se encuentra con un monarca absoluto en el primer planeta que visita, que le dice:

- Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, ¿quién estaría en falta, él o yo?

- Sería usted - dijo con firmeza el principito.

               Quien tenga oidos, que entienda.


13 de mayo de 2020

El niño del cuento

Recuerdo haber leído con alguna de mis hijas un libro infantil en él que una madre, cuando sus hijos no se portaban bien o no querían hacer sus tareas, los amenazaba con un terrible “o si no …”
- Haz tu cama, o si no …
- Cómete la verdura, o si no …
- Cepíllate los dientes, o si no …
Lo cierto es que, leído como padre, el cuento era un tentador manual que me ofrecía el ejemplo de una astuta madre, tan eficaz como cruel al tratar a sus hijos. En cambio, supuse, para un niño que lo leyese por su cuenta era una fuente de alivio, al comprobar que su madre lo amenazaba con castigos conocidos, casi siempre los mismos, a diferencia de la malvada del cuento.
La madre no les decía lo qué vendría después, no desvelaba nunca la consecuencia del incumplimiento, lo dejaba abierto. Ahí, justamente, radicaba lo temible de su amenaza y lo eficaz de la misma.
La inconcreción de las consecuencias hacía brotar en sus hijos los miedos más ocultos, los fantasmas más temidos, los castigos más detestados, proyectándolos de golpe hacia el futuro próximo, que se tornaba constante fuente de angustia.
Así me siento, temeroso ante los más oscuros y tronantes nubarrones. Dábamos por sentado un futuro con todos sus imponderables, naturalmente, que siguen estando presentes, pero a ellos se suma ahora una insondable incertidumbre. Mis viejas creencias se descomponen, las he puesto entre paréntesis, y no puedo imaginar el, hasta ahora, predecible rumbo del mundo.
Los efectos temibles de esta pandemia, como los miedos del niño, no salen de la nada, en realidad ya estaban ahí, pero ocultos, sometidos al amistoso transcurrir de lo esperable. El paisaje que esperaba encontrar al levantar la vista se ha cubierto por la niebla, no puedo ver más allá. Es la irrupción de lo inesperado, no de lo imposible, ni de lo imprevisible, sino de lo inesperado, la fuente constante de mi actual miedo.
No puedo correr hasta mi madre, deshacer mis ojos en su regazo, mostrarle un sincero arrepentimiento. El daño ya está hecho. Solo queda buscar cuál ha sido la desobediencia, para tratar de no seguir repitiéndola, si es posible todavía.

8 de septiembre de 2019

La Vida, esa señora


“La vida lo pondrá en su sitio”, “La vida pone a cada uno en su lugar”. ¿Quién no ha escuchado estas frases a quien toma una decisión que evita un aparente perjuicio para alguien? Por ejemplo, para un alumno al cual hay que evaluar negativamente, sobre todo si esa calificación implica repetir curso. El razonamiento resulta convincente: la vida es una señora estricta y justa a quién tarde o temprano todos hemos de enfrentarnos, ¿quién soy yo para apropiarme de su labor? Como ventajas añadidas, la vida está facilitando mis obligaciones presentes, evitándome problemas de conciencia, e incluso librándome de trastornos burocrático-administrativos (como una reclamación).
Gracias a la señora Vida puedo ir a mi casa satisfecho y conciliar un sueño tranquilo. ¡Todo es miel sobre hojuelas! Lástima que el menor roce sufrido por esta plácida superficie me descubre una realidad muy otra: no existe tal señora, como tampoco el sitio de cada uno.
Para empezar, resulta que la señora Vida ni habita en ninguna parte, ni pasea por nuestras calles porque no es nadie sino una proyección. La vida es un sustantivo nacido de un verbo que expresa una acción, la de vivir, la cual todos llevamos a cabo desde el nacimiento hasta la muerte, y esta sí que es nuestra realidad, como nos mostró Ortega y Gasset. Vivimos y en nuestro vivir aparecen un sinfín de otras personas que hacen lo mismo, de modo que nuestros vivires se cruzan y entrelazan. Además de personas también estructuras sociales, jurídicas y administrativas forman parte de nuestras vivencias y condicionan nuestro vivir. Esa realidad es la que sustantivizamos llamándola vida y, si nos descuidamos, un animismo infantil nos empuja a personalizarla y atribuirle ciertas cualidades idealizadas, de modo que nuestro vivir con sus obligaciones resulta mucho más cómodo, además de inconsciente.
Algunas de estas circunstancias nos exigen tomar decisiones y asumir obligaciones que no siempre son cómodas ni nos resultan agradables. Ante ello, Sartre planteaba dos modos fundamentales de optar: la mala fe y la autenticidad. El primero no ha de confundirse con la mentira, no se trata de que seamos hipócritas y echemos el incómodo muerto a esa pobre señora llamada Vida, no, se trata de autoengaño. Un sutil mecanismo de nuestra psique para aliviar la carga de unas obligaciones inseparables del trabajo al cual nos dedicamos libre y voluntariamente. Del mismo modo que vivir en una ciudad con servicios de agua, vertidos, alumbrado público... es inseparable de pagar unos impuestos para mantenerlos, el trabajo de profesor en nuestra sociedad, entre otras cosas, lleva consigo tanto el enseñar como el juzgar si los alumnos han aprendido, es decir, evaluar.

Hemos de asumir nuestra libertad y sus obligaciones, con todos los dolores y quebraderos que pueda implicar, no sólo con sus ventajas, o dedicarnos a otra cosa, si queremos llevar una existencia auténtica.
Para continuar, tampoco existe el sitio de cada cual en el que la vida, tarde o temprano, lo situará. Este razonamiento esconde la confianza en un destino preestablecido, con la consiguiente liberación de responsabilidades y preocupaciones por mi parte.
Vivimos y, es decir el vivir construye el futuro tanto como es hijo de nuestra historia. Mis decisiones, en las que están otros implicados, repercuten en ellos y construyen el que será su sitio junto a sus decisiones. Todas ellas están condicionadas por lo que he vivido, en lo cual aparecieron tanto mis decisiones como las de otros que formaban parte de mi vivir, de mi circunstancia. De manera que entre pasado y futuro, nuestro tiempo es nuestro destino, nos sigue enseñando Ortega. Amar nuestro tiempo, arrostrar nuestra circunstancia, esta es la tarea ética que nos va construyendo en un sentido u otro, que va construyendo nuestro sitio y el de quienes nos rodean.
Cada uno de nosotros somos la vida, esa extraña señora, y hemos de poner en su sitio lo que nos corresponde y a quién nos corresponde, ni más, ni menos. Decía también Ortega que la vida es el conjunto de las circunstancias, bien, pues formamos parte de las circunstancias de nuestros alumnos, para lo fácil y para lo difícil. Lo mismo que formamos parte,¡voluntariamente!, de poner en su sitio el valor de unas titulaciones que capacitan para realizar ciertos estudios y trabajos. No es propio de un profesor auténtico devaluar titulaciones regalándolas de modo arbitrario, por muy buena que sea la intención con que lo hagamos. Deberíamos hablar más de Ortega y Gasset, también a nuestros alumnos.

2 de junio de 2018

Vida cultural

El mar de lo que suele llamarse “vida cultural” de un lugar, una ciudad, un país, es un complejo tejido en el cual cabe desde la alta cultura hasta las propuestas más alternativas. El extremo superior, desde la óptica del poder, suele aparecer en los medios y está pagado con dinero público, ya directamente, ya mediante fundaciones de grandes empresas que se desgravan en hacienda y además logran dar buena imagen. La alta cultura dispone de gestores que han hecho de su dedicación un empleo bien remunerado, lo cual no sucede con quienes gestionan la baja, la popular y la cultura alternativa.
Esta cultura no genera sino espectáculo para un público pasivo y, todo lo más, turismo, que vuelve a ser la gran industria nacional, tratando fallidamente de trasplantar las suecas de los años sesenta desde las playas a los museos y ciudades temáticas, pero jamás logrará elevar el nivel del pueblo a quien, supuestamente, va dirigida. Traer las primeras figuras de la ópera y ofertar ciclos con las orquestas más prestigiosas, mientras se desatiende la enseñanza de la música en los planes de estudio, en los colegios, los institutos y se relega a unos conservatorios musicales tan escasos como saturados, no consigue sino que un público selecto, ya existente, disfrute, pero en absoluto mejora la sensibilidad ni la práctica musical de los ciudadanos.
La gran cultura es el relumbrón necesario para salvar las apariencias de todo gobierno que se considere progresista, además de una industria que beneficia a los artistas próximos al poder. Los gobiernos conservadores siempre la han mirado con recelo y desprecio, e incluso hoy, que han descubierto sus posibilidades de negocio mediante el turismo cultural, siguen prefiriendo el fútbol.
Descendiendo de este extremo, que se prolonga a través de gobiernos autónomos y alcaldías más de lo que a primera vista parece, comienza el verdadero tejido cultural de un país, compuesto por pequeños negocios como editores, librerías, tiendas de música, de materiales artísticos, comediantes callejeros, conscientes de que, si hay suerte, lograrán vivir de su labor; grupos aficionados de música y de teatro; dibujantes y otros artistas plásticos callejeros; asociaciones sin ánimo de lucro de lo más diverso, desde vecinales hasta temáticas; clubes; reuniones de amigos; individuos aislados que ofrecen su pensamiento y su pluma a través de las tics. Todos ellos actúan como pequeños gestores culturales que organizan desde cafés temáticos, charlas, conciertos, intervenciones artísticas, dibujos de eventos, revistas, fancines, encuentros... hasta premios a labores culturales.
Gestores anónimos que emplean su tiempo, incluso su dinero en muchas ocasiones, sabedores de su necesaria labor algunos o ignorantes de ella otros. Sin estos trabajadores de la cultura no existiría el caldo de cultivo necesario para que, de cuando en cuando, surjan quienes llegan a ser por todos conocidos e incluso estudiados. Como los hongos, la cultura no puede mantenerse con sólo lanzar esporas, precisa de un micelio, más eficaz cuanto más extenso, pero siempre frágil y oculto.
El micelio se prolonga hasta el extremo opuesto, aunque éste resulta el más difícil de abordar, por voluntad propia, puesto que nace justamente como crítica y enfrentamiento a lo establecido, ya desde fuera, ya desde sus márgenes. Por lo cual pasa desapercibido y tan sólo de cuando en cuando aflora produciendo siempre miedo y rechazo, no sólo en el poder político y económico, sino en la mayoría de los ciudadanos.
Si la alta cultura es la divisa de cierto poder y el humus cultural es ninguneado e instrumentalizado por cualquier poder, la cultura alternativa es rechazada y, cuando el poder dicta al viejo estilo, perseguida, como sucede en nuestro país desde hace unos años.

14 de abril de 2018

... facilitar a los españoles...


La Constitución Española de 1931, la de nuestra Segunda República, sigue siendo más avanzada que la presente. Y con avanzada quiero decir preocupada por todos los ciudadanos de nuestro país, inclusiva, buscadora de la justicia, más racional y con un proyecto de futuro. Como muestra, tomo el Artículo 48:
El servicio de la cultura es atribución esencial del Estado, y lo prestará mediante instituciones educativas enlazadas por el sistema de la escuela unificada.
La enseñanza primaria será gratuita y obligatoria.
Los maestros, profesores y catedráticos de la enseñanza oficial son funcionarios públicos. La libertad de cátedra queda reconocida y garantizada.
La República legislará en el sentido de facilitar a los españoles económicamente necesitados el acceso a todos los grados de enseñanza, a fin de que no se halle condicionado más que por la aptitud y la vocación.
La enseñanza será laica, hará del trabajo el eje de su actividad metodológica y se inspirará en ideales de solidaridad humana.
Se reconoce a las Iglesias el derecho, sujeto a inspección del Estado, de enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos.
Artículo que -seguiré diciéndolo una y mil veces- no fue papel mojado, sino que se llevó a la práctica. Y se hizo en un contexto de crisis económica indudablemente más grave que la presente. Los políticos de la Segunda República española entendieron que preocuparse por sus ciudadanos, que facilitar su vida y su futuro, exigía invertir dinero en educación, en vez de recortar en ella.

Entre 1931 y 1933 se crean 2.036 secciones o clases de enseñanza primaria. Pero, más importante aún, se dignificó la carrera docente creando unos estudios universitarios específicos, las Escuelas Normales, a las que nadie podía acceder sin haber cursado bachillerato. Además, en buena parte de las escuelas de primaria había una cantina y un ropero, porque los niños necesitaban comer y vestir sin harapos. Nuestro país pasó de escolarizar al 58,8% de su población en edad correspondiente a escolarizar al 65,6% en los dos años que van de 1931 a 1933, y logró aumentar la escolarización de las niñas en 14 puntos porcentuales.
En la enseñanza secundaria se pasó de 21 Institutos Elementales de Segunda Enseñanza con 177 profesores, en el año 1931, a 56 centros con 701 profesores, en 1934. Asímismo se pasó de 80 Institutos Nacionales de Segunda Enseñanza con 1.721 profesores, a 111 institutos con 2.739 profesores en el año 1934. El aumento de profesores es muy superior al de centros, lo cual quiere decir que se desmasificaron las aulas de secundaria.
Son dignos de recuerdo los ministros de Instrucción Pública, de los primeros gobiernos de Manuel Azaña: Marcelino Domingo Sanjuán y Fernando de los Ríos Urruti. Pero también el gobierno entero, que prefirió gastar en educación a pesar de la penuria económica que sufría nuestro país. Aquellos hombres fueron gobernantes, fueron políticos y fueron personas, lo cual es difícilmente predicable de quienes han ocupado y de quienes ocupan cargos equivalentes en nuestro presente. Ello es más que suficiente tanto para seguir recordando, agradeciendo y dando a conocer lo que nuestro país pudo ser, como para denunciar a quiénes lo impidieron y a sus herederos.