1 de noviembre de 2019

Representación y simbolismo II



En el surgimiento filogenético de las lenguas, y con ellas de los mitos, se fueron atravesando varios momentos: inicialmente, el género homo fue elevándose lenta y progresivamente respecto al nivel de conciencia del resto de los simios, y nuestra especie, frente a las demás ramas de homínidos, comenzó a despegarse de la vivencia inmediata, aunque de manera limitada todavía, debido a la ausencia de una lengua con la cual articular y dar sentido a este nuevo modo de vivenciarse.
Tal despegue cristalizó en un momento de elemental representación de su vivencia, el de la formalización mágico-ritual. En él, como describe Cencillo, el humano comenzó a escenificar dramáticamente las vivencias experimentadas como relevantes y a darles expresión mediante gestos y mímica. Estas dramatizaciones se acompañaban de sonidos nacidos de nuestros órganos fonadores, con lo cual, se fue acostumbrando a repetir unos sonidos constantes, compartidos por la comunidad y empleados en la representación de dichas vivencias. Este debió ser el origen hablado de las lenguas. De hecho, en el siglo veinte todavía se han conocido lenguas del África subsahariana en las cuales el significado de los signos sonoros se completa mediante gestos y posturas. Restos simplificados de rituales ancestrales, necesarios para dar sentido pleno a la realidad.
En el momento siguiente se fue gestando el simbolismo mítico: el humano, a partir del habla primitiva, fue construyendo y dominando la técnica del símbolo, el cual va más allá de lo inmanente de la dramatización gestual, dando lugar a un mecanismo representacional apoyado en imágenes objetivas. No quiere ello decir que los gestos, movimientos y ritmos desapareciesen, sino que ahora se les añadía una nueva dimensión, la simbólica.
Hablamos aquí de imágenes objetivas en un doble sentido, el primero por separarse del gesto y el mimo, constituyendo una auténtica representación mental. El segundo, contrapuesto a subjetivo, al referir la representación a una serie de realidades naturales que adquieren un significado que las sobrepasa, convirtiéndose así en genuinas imágenes simbólicas. El oso, el ciervo, la serpiente, el águila, el jaguar, el sol, el rayo, el fuego, el agua, el monte, la cueva … ya no eran su mera realidad natural, sino que representaban la fuerza, la comida, la caza, el peligro, la muerte, la vida … despertando poco a poco en nuestra especie una reflexión sobre la realidad y su modo de habitarla. Por supuesto, no era un pensamiento conceptual, el cual no había surgido todavía, sino una reflexión afectiva y simpática con la vivencia y los actores en ella implicados. Por tanto, el simbolismo originario, inseparable de lo sensible, fue poco a poco ampliándose desde los rituales corporales, todavía inmanentes, hasta seres naturales como los indicados, los cuales quedaban investidos de significado transempírico.
Las lenguas son resultado de este proceso simbolizador y debieron ir construyéndose a lo largo de estos dos últimos momentos, brotando tanto de las formalizaciones mágico-rituales como de la simbolización mítica. Con el paso del tiempo, el acúmulo de experiencias cada vez más ricas y complejas (pues se enlazaban con símbolos que las trascendían), iba cambiando la realidad de las nuevas generaciones, que ya se encontraban un suelo más tramado sobre el cual seguir construyendo la realidad humana. Sin duda ambos momentos fueron extraordinariamente lentos en su gestación y en ellos se construyó el mecanismo simbolizador, la principal herramienta adaptativa del homo sapiens, forjadora de nuestra identidad específica.
Lévi-Strauss estableció un paralelismo entre los mitos y las lenguas, siendo los mitemas las unidades mínimas de significado que funcionan como las de un sistema lingüístico. Por eso el mito es una reflexión simbólica indisoluble de la lengua hablada pero afectiva y simpática, no conceptual, que parte desde las imágenes sensibles y construye un significado profundo de la vivencia de lo real, el cual se entendió como transempírico, oculto tras la intrascendente cotidianidad.