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25 de mayo de 2014

14 de mayo de 2012

Ruptura de contrato


Hace tiempo la OMC denunció que en demasiados lugares de la vieja Europa educación y sanidad no seguían las reglas del libre mercado. Cuando, al fin, se dio con la enorme excusa de la crisis, el camino hacia el negocio educativo y sanitario ha quedado salvíficamente justificado y, además, ha de recorrerse con prisa.
De ahí el estrangulamiento creciente de la educación, desdoblado en dos frentes: recortes y privatización. Palabras vetadas por nuestros actuales dirigentes, que emplean otras como ajustes, optimización y racionalización para esconder la primera y libertad de elección, fomento de la excelencia, cogestión para ocultar la segunda.
Medidas económicas del presente que obedecen una juramentación, cuyo fin es destruir la educación como motor de progreso humano. No es un ataque inocente, pues destroza el proyecto de justicia social desde sus bases. Tampoco es noble, pues actúa con efecto retardado.
Kant parece haber escrito para nuestro momento al plantear, hace ya dos siglos, la hipótesis de un pacto destinado a someter al pueblo. Dócil a cualquier gobierno, menor de edad, rebaño. Señala que el medio empleado sería la perpetuación de un dogma religioso. Hoy el dogma está en la religión del mercado financiero. Las palabras de Kant son rotundas: 
Un contrato semejante, que excluiría para siempre toda ulterior Ilustración del genero humano, es, sin más, nulo y sin efecto, aunque fuera confirmado por el poder supremo, el congreso y los más solemnes tratados de paz. Una época no puede obligarse ni juramentarse para colocar a la siguiente en una situación tal que le sea imposible ampliar sus conocimientos (sobre todo los muy urgentes), depurarlos de errores y, en general, avanzar en la Ilustración. Sería un crimen contra la naturaleza humana, cuyo destino primordial consiste, justamente, en ese progresar. Por tanto, la posteridad está plenamente autorizada para rechazar aquellos acuerdos, aceptados de forma incompetente y ultrajante. 
(KANT: Respuesta a la pregunta ¿qué es ilustración?)

15 de febrero de 2012

Kant y su doble


Fuí a ver Le Havre de Aki Kaurismäki en un reciente viaje a Madrid (en Zaragoza se me había escapado) y al encenderse las luces me pareció ver a don Immanuel Kant, en una butaca cercana a la puerta. Su cara me dijo, sin lugar a dudas, que a los dos nos había encantado.
Kaurismäki no da una clase de doctrina, ni un mitin, cuenta una historia pequeña, un cuento particular y transparente, para mostrar en qué consiste el comportamiento moral ante un problema cotidiano, como la emigración. La actuación de los personajes, de todos ellos, es tan próxima, tan material (en el sentido kantiano) que, precisamente por ello, nos está ofreciendo un modelo universal.
La ley política contradice el deber moral, aunque sus guardianes, cuando son humanos, acaban seducidos también y puestos a su servicio. Como el personaje del inspector de policía. (No tiene desperdicio la secuencia de éste con la dueña del bar -piña incluida- y toda la historia elidida que gravita en ella.)
La película, limpia, sencilla, empatiza con el espectador sin pretenciosidad, sin grandilocuencia, como se va moldeando a las buenas personas.
Cuando quise preguntarle a don Immanuel porqué le había gustado ya no pude encontrarlo. Creo que se avergonzaba o que no era él, sino su doble.

El camino hasta llegar a la actuación de Roberto Piazza, voz de Little Bob Story, sin duda merece un capítulo aparte.