5 de enero de 2014

Kierkegaard en Roma


No es difícil encontrarse con filósofos difuntos en el cine, en la oscuridad de las salas se sienten más a gusto que en las aulas donde se les venera. Esta semana sorprendí a Kierkegaard atusándose el pelo ensimismado, mientras contemplaba La gran belleza.
No había leído, ni me había comentado ningún amigo nada sobre ella, pero el afiche de la película me atraía sin yo saber la causa y me alegré de haberme dejado llevar por él.

Paolo Sorrentino, el director, ha sido valiente atreviéndose a ir más allá de Roma y La dolce vita, rindiéndoles un auténtico homenaje con su película. Fellini está presente pero, a diferencia de los remakes que suelen dejar en ridículo a su director, es Sorrentino quien firma con voz propia la obra.

Son varias las lecturas que pueden hacerse de este canto a la hermosura, pero la presencia de Soren en la sala me obliga a contaros esta.

Entre otras muchas, se trata de una alabanza y un funeral del modo de vida estético. Jep Gambardella es don Juan, el prototipo de esta vida, preocupado por alcanzar y mantener una belleza sensible y sensual representada en el cuerpo de la mujer y en la ciudad de Roma. Apegado al placer sensible de cada conquista particular, condenada de antemano a ser efímera. Es el estadio de una belleza que, como la nada (de la cual nos habla Jep) es pura pose fugaz, que se escapa entre los dedos dejando un poso amargo.

En una secuencia Jep parece querer dejar de ser don Juan para ser un marido, es decir, para saltar a una vida situada en el estadio ético. Su relación con Ramona, su intención de volver a escribir y las lágrimas que en el funeral derrama (por su propia vida, no por el difunto), parecen convencernos de que ha llegado a la desesperación de quien no sabe sino esperar, pero es consciente a la vez de que nada llegará. Sin embrago, el paso no se produce y el continuo giro sobre un hermoso vacío se perpetúa.

El estadio religioso ha sido desterrado por la propia iglesia, como criticó el viejo Soren a la jerarquía danesa y nos muestra Sorrentino mediante un acertadísimo cardenal romano, preocupado por la gastronomía y su condición de papable, y el continuo desfile de monjas de toda calaña.

Y sin embargo, lo tremendo, lo que nos hace empatizar con el contenido de la película, aunque no nos identifiquemos con tal desfile de bellas fatuidades, es su condición de metáfora y resumen de la vieja Europa, de occidente entero. El patético faunario de viejos resistiéndose a envejecer y a mudar, refugiados en la perpetuación egocéntrica del vacío, somos nosotros, quienes ocupamos las butacas. Por eso Kierkegaard se atusaba continuamente el pelo, para distraer las lágrimas de sus ojos.




2 comentarios:

David Porcel dijo...

¡Qué interesante parece la película tal como la describes¡ Gracias por esta magnífica reseña y por tu invitación a verla. David

M. A. Velasco León dijo...

Me ha parecido una de las películas imprescindibles de los últimos años.
Si tienes ocasión no te la pierdas.
Gracias David y ...
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