26 de junio de 2016

Mito y Logos


La filosofía se inicia en un espacio, Mileto, en la costa oriental del Egeo, de la mano de un protagonista, Tales, uno de los Siete Sabios, y en un tiempo, el siglo sexto antes de nuestra era. Es el momento fundacional del pensamiento en occidente: el paso desde el caos de un no pensar, hasta el cosmos donde pensar y ser son lo mismo.
El paso del mito al logos es una explicación que obedece una doble convicción de la Modernidad, prolongada al menos hasta el siglo veinte: la Razón es la única fuente de luz para el humano, la cual se despliega desterrando toda tiniebla. Obedece en consecuencia un estado mental que se llama optimismo, y, sin embargo, la confianza en el indefinido progreso de nuestra especie es desmentida cada vez que miramos hacia atrás y, sobre todo, cada vez que miramos a nuestro alrededor.
La cuestión está viciada desde su raíz: se empieza dando por sentado que el ejercicio de su razón es la meta del humano. Se continúa, presuponiendo una evolución gradual, desde modos primitivos de enfrentar lo real, hasta llegar al modo evolucionado. Después, se atribuye diferente valor al pensamiento mítico y al racional, asociando el primero con lo infantil y el segundo con lo adulto. Se termina identificando el pensamiento propio de occidente con la razón como capacidad humana. Que ello se ha producido sólo en occidente, no implica que seamos la vanguardia, ni el modelo para el resto de los humanos.
La peculiar variación producida en las costas de Jonia, tal vez sea un hijo parricida, como Edipo, ignorante de quién es su propio padre. Engendrado por una singular matriz social, política, económica y religiosa, fecundada por el mito de ese pueblo con una  lengua común.
A diferencia de la filosofía, el mito se ha producido en toda cultura a lo largo de todo el planeta. Un fenómeno es universal bien porque obedece alguna constante, bien porque responde algún tipo de necesidad, ambas específicas. Puesto que el mito ha subsistido, incluso en occidente, parece más plausible su necesidad, que la de un determinado modo de pensar. Pensar el mito, aunque tal vez sea una contradicción, nos parece necesario para entender nuestros modos de vida.

4 comentarios:

David Porcel Dieste dijo...

De hecho, como apuntas, el mito es siempre una fuente de conocimiento interior, porque todavía subsisten en lo más hondo de nosotros aquellas necesidades de las que son expresión. Diría incluso que la Razón misma, como patrón y guía,nace y se desarrolla como un nuevo relato que sólo después adquiere legitimación. Muchas gracias por tu entrada, siempre tan sugerente.

M. A. Velasco León dijo...

Coincido contigo, la Razón, como la escribes, con mayúscula, manifestando nuestro narcisismo cultural, no es sino un relato nacido del relato mítico e hipostasiado después como concepto límite y sustancia límite. Debemos, más allá de las crisis destapadas por la postmodernidad, repensar el asunto.
Saludos

José Antonio García Fernández dijo...

Al hilo de lo que comentáis: el mito está en todas las culturas, la filosofía parece ser que no. Así pues, ¿el pensamiento poético es universal y el filosófico, más bien local? ¿Deberíamos pensar en desvelar poéticamente el mito en lugar de explicarlo racionalmente destripándolo? ¿Deberíamos hacer poesía en lugar de filosofía?

Una entrada muy sugerente

M. A. Velasco León dijo...

¡Has tocado varias llagas! Es una vieja polémica en la que se envuelven las relaciones entre poesía y filosofía. Desde el viejo Platón hasta, por ejemplo, María Zambrano pasando por Hölderlin.
Lo que si está claro es que tanto el filósofo como el poeta han sido capaces de albergar intuiciones tan profundas como las que espontánea y anónimamente han alumbrado los mitos.
Saludos