Cuando
era joven y regresaba a mi pueblo, por la hoy carretera vieja, al comenzar las cerradas curvas que descienden hasta el valle, aparecía
recortada contra el azul la silueta del Isasa conteniendo al
castillo. Justo entonces, me agitaba por dentro, desde el fondo, y lo
siguo haciendo, aunque con menor intensidad.
Cada
vez con más frecuencia los paseos me descubren paisajes de mi
infancia maltratados o borrados por un afán estúpido de novedad y
por insensatez municipal entregada a obras electoralistas y proyectos
pequeñofaraónicos; megalomanía de nuevo rico y tapado beneficio
para oscuros intereses. Una bestia invisible muerde entonces mis
entrañas a traición y parece llevarse en sus fauces una pequeña parte de mi;
carne desnuda, sin piel siquiera, de los pasillos del alma. El
encuentro ameno que nos hace habitable el espacio, se torna erial de
tránsito, enlace vacío entre dos puntos, y el paseo se convierte en
paso.
No
es nostalgia del ayer, aunque su asuencia la despierte. La vida es
cambio, pero el cambio requiere permanencia, y no tomamos conciencia
del papel jugado por nuestros lugares en la construcción de lo que
somos, hasta que alguien -humano, tiempo o destino- los arranca de
improviso. Lugares tan poblados de personas como de objetos, de
sonidos, aromas y sabores, necesarios para mantener nuestra
identidad a lo largo del continuo paseo que es la vida. Su ausencia
repentina parece convertir este paseo en un simple paso entre
nacimiento y muerte, recorrido por un extraño.
¿Podemos calificar de engaño a una
vida volcada en lo virtual? Habitada por seres ficticios convertidos
en modelo y objeto de deseo, e incluso de amor. Formar parte de una
realidad que no existe sino en la propia imaginación, pero es la que
hemos preferido, ¿resulta un modo de alienación? Son algunas de
las preguntas que El congreso, de Ari Folman, me ha suscitado.
La apuesta formal es valiente, con dos partes separadas por la puesta
en escena, la primera con actores reales y la segunda donde domina la
animación. No sólo la forma, sino también la temática, comenzando
por el relato de Stanisław Lem,Congreso de futurología,
en que se inspira, se aventura fuera de las convenciones de
Hollywood.
A
primera vista la película es el sueño de un friki que
quiere construir una realidad virtual a la carta. Y lo es, tanto como
una reflexión sobre el cine mismo, una mirada crítica hacia la
industria y los grandes productores. El malicioso nombre de estudios
“Miramount” resulta incluso demasiado patente. También crítica,
aunque más benévola, hacia el papel de actores y representantes.
Harvey Keitel borda su personaje, desvelando la ambigua relación
entre actriz y representante. Ambos nos ofrecen una secuencia
memorable tanto a nivel visual, como interpretativa y conceptual. Se
trata de la digitalización de la actriz con el fin de perennizarla
en su maduro esplendor, sin necesidad de cirugías ni retoques,
haciéndola pasar a otro plano de realidad, el virtual. Plano que,
paradójicamente, ya es el habitado por cualquier actriz o actor, mas
con la inevitable erosión temporal.
Ella, Robin Wright se interpreta a sí
misma, produciendo un desdoblamiento entre personaje y actriz, entre
realidad y ficción, nuevamente. ¿Dónde
comienza una y acaba la otra?, ¿en cuál preferimos habitar?, si es
que somos capaces de saber en cuál de ellos nos encontramos. Y este
es el tema principal de toda la película, inevitablemente unido al
problema de la libertad, y no el de las tortuosas relaciones entre lo
digital y lo real, dominante en el relato deLem (aunque en
este no deja de ser una buena excusa para criticar el totalitarismo
soviético).
En una secuencia la hija de Robin dice
que el tecnofatalismo no conduce a ninguna parte, pero Folman parece
inclinarse hacia él en su película. Y sin embargo está
construyendo un mundo de sicodelia manga, un homenaje lisérgico a
una serie de personajes que van desde los años veinte del siglo
pasado, hasta el presente. Desde Betty Boop, pasando por actores,
directores (el homenaje a Kubrick y su Dr Strangelove) y géneros
(en especial la ciencia ficción), hasta políticos, figuras
religiosas y pintores como El Bosco. Al hacerlos desfilar por las escenas de animación y no
por las rodadas con actores de carne y hueso, se nos está diciendo
que han sido, y siguen siendo, tan reales como virtuales. Justamente
reales porque han pasado a formar parte del universo de lo virtual.
Cuando la realidad virtual encadena al humano, lo de menos es la
primera, lo importante es saber cuál es el mecanismo que nos hace
encadenables y averiguar si es inevitable.
He pasado por alto otra línea no menos
importante, la trazada por Aaron, el hijo enfermo de la actriz, y la
relación entre ambos, que nos introduce en el terreno de lo
emocional. Trasciende los dos ámbitos en juego, lo físico y lo
virtual, imponiéndose sobre ellos para conducir la acción a través,
y más allá, de ambos. Madre e hijo se desplazan de uno a otro a lo
largo de los ciento veinte minutos de la película, prefiriendo la
realidad o la ficción, ya por libre decisión ya por
condicionamientos. Y tan sólo la cometa roja, con la que juega
Aaron, transita libre, ajena a las fronteras que nuestra razón
construye entre ambos. Si la obra comienza con una escena donde el
niño y su cometa infringen las reglas del mundo real, hacia el
final, dentro del universo virtual, será nuevamente la cometa roja
(el rojo no es color de la razón, sino de la sangre, de lo visceral,
símbolo del subterráneo mundo de las emociones) el vehículo que
enlaza ambos lados de las fronteras e insinúa una posible libertad.
No importa el material de nuestras cadenas, sino si estamos, o no,
encadenados y si cabe un margen de libertad más allá de la
elección del tipo de atadura.
De la banda sonora me quedo con las dos
canciones, una de Dylan y la otra de Leonard Cohen, que interpreta la
misma Robin Wright (ya hizo sus pinitos cantando sólo con su
guitarra en Forrest Gump).
Es tiempo, aún, es tiempo de verano. No porque lo
diga el calendario, ni los astrónomos, sino el sol y las tardes
dilatadas con un transcurrir estático, las noches pesadas y los
mosquitos acechantes.
El medio que nos envuelve, que forma parte
nuestra como nosotros parte suya, es quien determina nuestro
transcurrir, incluso el temporal. Se ha insistido sobrada y
acertadamente en nuestra dimensión temporal, desde el genial Ensayo
sobre los datos inmediatos de la conciencia
1889 y Materia y memoria
1896, el tiempo se liberó del dominio de la ciencia física y la
espacialización a que estaba sometido, para formar parte de lo que
somos. Bergson nos plantea la durée como una dimensión
constituyente del humano. No son pocos los pensadores y los literatos
que han cruzado esta puerta a lo largo del pasado siglo.
Sin embargo, la dimensión espacial ha
permanecido olvidada por la mayor parte de los pensadores. Hora es ya
de ocuparnos de ella y en el pensamiento en español (o en riojano,
si se prefiere -aunque los castellanos se quejen-) encontramos
puertas entreabiertas desde hace bastante tiempo. Así, J.L.
Molinuevo lleva tiempo apuntando en esta dimensión y un clásico
como es Ortega ya en 1914 nos decía:
«
Mi salida natural hacia el universo se abre por los puertos
del Guadarrama o el campo de Ontígola. Este sector de realidad
circunstante forma la otra mitad de mi persona: sólo al través de
él puedo integrarme y ser plenamente yo mismo. […] la ciencia
biológica más reciente estudia el organismo vivo como una unidad
compuesta del cuerpo y su medio particular: de modo que el proceso
vital no consiste sólo en una adaptación del cuerpo a su medio,
sino también en la adaptación del medio a su cuerpo. Yo soy yo y mi
circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.»
No
es mal momento, el de la molicie y los días dilatados, para
descubrir o retomar, según cada uno, la obra de Theo Angelopoulos, quien entendió el
cine como exploración de la realidad y como “forma de resistencia
ante el deteriorado mundo en que vivimos.”
Su
cine se encuentra en las antípodas del cine-evasión, producto de
consumo efímero al servicio del interés comercial e ideológico
(entendido con Marx: mentira al servicio de la dominación y opio que
distrae de la miseria cotidiana, vista ya como algo natural). Es una
obra pensada y sentida, exige un trabajo intelectual al espectador, y
no se deja deglutir junto a las palomitas y el refresco. «Yo trato
de contar historias de un modo…, a mi modo: respetando al máximo a
esa gente que las va a ver, considerando al espectador no como un
consumidor pasivo sino como otra cosa, alguien que escucha, un
interlocutor al mismo nivel.»
Exige
también una sensibilidad desprejuiciada, dispuesta a romper con
cadenas de imágenes compulsivas y sonidos atronantes. Su ritmo
pausado resultará desconcertante para los mirones de hoy en día,
sometidos a estética de videoclip e historias de anuncio televisivo.
Y es que Angelopoulos tomaba el café al estilo oriental, gota a
gota, saboreándolo y, del mismo modo, no se bebe el tiempo en sus
películas, se saborea. No menos sorprendentes serán sus bandas
sonoras para el espectador de hoy, habituado a la saturación de un
sonido hipertrofiado en las salas de cine.
Desde
estas advertencias hemos de acercarnos a su cine, dejándonos llevar
por el poder de sus imágenes y el rico contenido que encierran.
A
comienzos de los años 20 Lev V. Kuleshov, profesor en el Instituto
Soviético de Cinematografía, realizó junto a algunos alumnos,
entre los que estaba Pudovkin, un experimento cuyo resultado se
conoce como “efecto Kuleshov”. La sucesión de imágenes
dispuestas mediante el montaje, dan lugar en el espectador a la
ilusión de un espacio continuo en el que se sucede la acción,
construyendo así una geografía ficticia, creada por el montador, y
una unidad de acción también construida. Tanto Pudovkin en La
madre y Tempestad sobre Asia, como Eisenstein en El
acorazado Potemkin y
Octubre, desarrollaron, sobre estos supuestos, las bases del montaje
cinematográfico.
Hemos presenciado más de una guerra construida
desde mesas de montaje, y muchos sucesos, que justificaban medidas legales y
acciones represivas, construidos mediante esta ilusión.
A través de este recurso no sólo encontramos una acción y un espacio ficticios, sino
también unas emociones construidas: la imagen previa que vemos
condiciona la interpretación de la emoción expresada por la cara
que aparece en la siguiente imagen. En consecuencia, la atribución
emocional resulta claramente mediada por el entorno, no es
sencillamente inferida de la expresión facial, que permanece la
misma, siendo interpretada en un sentido u otro, según la imagen que
la precede. Ello implica la facilidad con la que puede ser
manipulada nuestra interpretación de emociones ajenas, por ejemplo
con fines manipulativos o publicitarios.
Podemos extraer una
consecuencia, las emociones atribuidas en
los contextos de los que formamos parte activamente serán más
certeras que aquellas donde somos espectadores externos. Sin
embargo, nuestra implicación contextual a menudo es una traba para
interpretar emociones, como esos casos donde no te enteras de las
emociones que a tu alrededor despiertas, sean positivas o negativas, cuando todos se dan cuenta de
que alguien es atraído por ti menos tu.
Y con todo, una persona considerada dentro de los estándares de la
normalidad, interpreta las emociones de los otros adaptativamente (de
manera provechosa para su vida y la de quienes le rodean). Luego el
descifrado emocional sigue presentando para nosotros una complejidad
que, desde la teoría, permanece sin resolver.
Desde
que el rey de las Españas abdicó la corona, el debate sobre
monarquía o república vuelve a estar al rojo. A pesar de toda la
propaganda monárquica de los medios de comunicación y partidos
continuistas. Las críticas contra los defensores de la república, e
incluso contra quienes piden una consulta popular al respecto,
revelan con claridad oscuras intenciones. Especialmente las que
provienen de partidos y personas que se llaman de izquierda. (¡Por
cierto! el PSOE tenía aquí una ocasión llovida del cielo para
recuperar votos por ese lado, pero parece más que cegado por pactos
previos. Será que a sus instalados mandatarios no les da frio ni
calor el suicidio que este partido está llevando a cabo). Estas
críticas se pueden condensar en la siguiente: cambiar monarquía por
república es algo folclórico que entusiasma al personal pero deja
todo como está respecto a la corrupción, el descrédito de los
políticos, el funcionamiento económico …
¡Y es
cierto! pero propongo verlo desde otro ángulo:
prolongar
nuestro sistema monárquico coronando un sucesor, es el mayor símbolo
de inmovilismo y perpetuación del estado de hecho. La inequívoca
expresión de la apuesta por una sociedad de castas, desde la real
hasta la financiera, pasando por la política.
La prisa
de los partidos mayoritarios, de la casa real, de la iglesia y de
diversos grupos de poder, para cambiar la ley sucesoria y aplicarla
de inmediato, revela un plan que prolonga la ruinosa fachada
democrática de nuestro postfranquismo.
Así las
cosas, no podemos sino repudiar este símbolo y lo que simboliza.
Una secuencia de La mirada de
Ulises, resume magistralmente el último cuarto del siglo XX y la
primera década del XXI. Muestra una estatua de Lenin despiezada y
trasladada por un río, seguramente hacia algún mercado alemán del
arte o de las antigüedades. En la barcaza van tanto el final del
sueño comunista, como el rumbo de la política europea tras la
guerra fría.
La muerte de la última utopía colectiva se fue
sobrellevando porque los logros de justicia social en occidente
todavía daban de sí para un par de décadas. La intelligentsia se
ha repartido entre los desorientados y pesimistas, por un lado y los
acomodaticios y apesebrados por otro. Los políticos, bien se han
destapado como vampiros liberales, sin tratar ya de convencernos de
que eran de centro, bien han ocultado sus colmillos tras su patente
de progresía.
Otra imagen, de El paso suspendido
de la cigüeña, enseña unos trabajadores destacando con
chubasqueros amarillos sobre un cielo plomizo, que restablecen un
tendido telefónico. En ella recuperamos las relaciones sociales que
parecían extinguidas y restablecemos nuevas líneas de comunicación
ciudadana.
Despertamos a la esperanza, construimos la necesaria
utopía, sin la cual la vida carece de sentido.