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20 de abril de 2020

Aprender y mejorar

 
Desde la segunda semana del estado de alarma con su reclusión domiciliaria, se ha hecho habitual en los medios de comunicación el discurso de la ocasión propicia y la bondad oculta: esta situación nos está enseñando mucho, es el momento para volverse sobre uno mismo, conocer nuestro interior, ser creativos, llevar a la práctica propósitos que hemos ido aparcando por falta de tiempo (y que pueden realizarse en casa, claro); en suma, nos va a hacer mejores y saldremos reforzados de ella.
¡Mentira!, ¡es todo mentira!
Ingenuidad infundada, postureo hipócrita, fomento simplón del buenismo, bálsamo lenitivo para conciencias enclaustradas y contagio de buenas intenciones condenadas a marchitarse, como las del año nuevo. Que cada uno se sirva a discreción la mentira más de su gusto.
Si el paso del tiempo, por sí mismo, no tiene la facultad de mejorar a nadie, las situaciones extraordinarias, como esta, tampoco. Cuando menos a partir de cierta edad. Tampoco pueden enseñar, ni un poco siquiera, se precisa algo más, algo previo. Platón nos mostró, por boca de Diotima, que quien no cree estar falto de nada ¿cómo va a desear lo que no cree necesitar?, lo mismo que quien ya cree poseerlo. Nadie aprende sin actitud para hacerlo, sin la humildad necesaria para comprender, a la par, la lejanía de cuanto nos envuelve y la posibilidad de caminar hacia ello.
Quienes no saben, no pueden, o no quieren dejar de mirar al exterior, nunca se van a volcar en sí mismos. Viven en la sombra de la exterioridad deseada, muy lejos del interior. Son presos pegados a los barrotes, esperando con ansia el momento en que sean derribados. Con el añadido de que lo deseado, cuanto más se difiere, más se va cargando de ilusiones y recuerdos adulterados, más se va idealizando.
Tampoco busca creencias nuevas quien confía recuperar las que tiene, y entiende el presente como paréntesis desafortunado para volver al pasado, al más de lo mismo. Ya pasó con la crisis del dos mil ocho, solo los dispuestos a aprender, los que ya estaban comprometidos con sus prójimos y algunos de los más afectados, aprendieron y emprendieron caminos nuevos.
Camus nos mostró de manera magistral en La peste, como las situaciones límites sacan a la luz lo que ya está oculto en cada uno de nosotros, y también que no cambian sino a quien está dispuesto a hacerlo, a quien ya cambiaba y aprendía con los sucesos pequeños, incluso con los cotidianos.
Cuando la balanza se encuentra equilibrada, de modo frágil la mayor parte de las veces, un empujón, un golpe brusco como este, desencadena la inclinación hacia el lado que ni uno mismo sospechaba y se acaba siendo villano de barrio o héroe de andar por casa. Sólo cuando la circunstancia así lo quiere unos pocos de estos serán recordados por sus acciones nobles.
Hay que acercarse a los más jóvenes, a los adolescentes y sobre todo a los niños, para encontrar las huellas profundas de estos días, pero esta ya es cuestión distinta.

23 de septiembre de 2012

Conjuro



Mientras releía al viejo Platón en el sofá, en un descuido, la tele se ha conectado y un contumaz ataque de precampaña electoral me ha tomado por sorpresa. Con mi sobresalto, Platón ha caido al suelo y se ha quedado abierto por el libro siete de la República. Sin poder evitarlo, he leido en voz alta, tratando de conjurar el fantasmal ataque:

Si encuentras modo de proporcionar a los que han de mandar una vida mejor que la del gobernante, es posible que llegues a tener un estado bien gobernado, pues esta será el único en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que poseer en abundancia para ser feliz: una vida virtuosa y sabia.
Pero donde son mendigos y hambrientos de bienes personales los que van a la política, creyendo que es de ahí de donde hay que sacar las riquezas, allí no ocurrirá así. Porque cuando el gobierno se convierte en objetivo de luchas, esa misma guerra doméstica e intestina los pierde tanto a ellos como al resto de la ciudad.