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11 de junio de 2023

Películas necesarias




Desde su aparición, el cine ha jugado diferentes funciones en la sociedad. Mágica diversión; válvula de escape; forja de mundos, maravillosos unos y monstruosos otros, pero igualmente atractivos; escuela donde aprender hechos del pasado, culturas remotas o figuras relevantes; testigo de su época, de su sensibilidad y visión del mundo; denuncia de los problemas y preocupaciones que nos acosan; despertador de conciencias, como ese niño que muestra al emperador desnudo.

Por otro lado están la técnica y la calidad artística de cada película, de modo que hay obras en las que se unen función, calidad y técnica, como El acorazado Potemkin, que enseñan, despiertan conciencias, son forjadoras de la sintaxis cinematográfica y tienen gran calidad artística. Otras, en cambio, socialmente destacan en su función, pero técnica y artísticamente resultan deficientes, como sucede con Justi&Cia. Algunas veces confluyen la calidad artística y el dominio de la técnica para, como decía Unamuno, frotar con sal y vinagre las heridas, esas que por la costumbre o por insensibilidad parecen no doler y pasan desapercibidas, causando con el tiempo graves enquistamientos o úlceras incurables. Estas películas son necesarias para su época.

Durante el otoño me encontré con unas cuantas películas de este tipo, de las cuales destaco las cuatro que dejan muy atrás al resto.

El informe Auschwitz (Peter Bebjak, Eslovaquia 2021) nos muestra un hecho real y poco conocido, la fuga de Auschwitz de dos judíos checoslovacos, Rudolf Vrba y Alfréd Wetzler, en abril de 1944. La película narra con una poderosa fotografía y un ritmo de estilo clásico su angustiosa huida hasta llegar a Checoslovaquia, y las descorazonadoras resistencias iniciales de las autoridades internacionales de la Cruz Roja a creer los hechos descritos. Su posición dentro del campo les permitió conocer el funcionamiento de las cámaras de gas, y hacer un cálculo de los asesinatos perpetrados cada día. Escaparon con sus notas y una etiqueta del tóxico empleado, el tristemente famoso Zyklon B. Su información a las autoridades se conoce como El informe Vrba-Wetzler o El protocolo de Auschwitz.

Lo que hace a esta película necesaria hoy en día, es el encuadre que Bebjak le proporciona. Se abre con una frase del filósofo Georges de Santayana: Aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla; y se cierra con una preocupante banda sonora acompañando a los créditos: discursos y declaraciones de políticos actuales avivando las brasas del odio. Son las voces de los jaleadores del mal, entre los cuales distinguimos a Trump, Bolsonaro, Viktor Orbán y Putin, entre otros.

En momentos de auge de neofascismos en todo occidente y de negacionismo del Holocausto (en nuestro país, de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura franquista), es preciso divulgar los hechos ocurridos y, sobre todo, entender que pueden repetirse, que un incendio no empieza con un bosque en llamas, sino con unas chispas -inconscientes, en el mejor de los casos- que prenden unos matojos.

 Necesaria es también Queso de cabra y te con sal, (Byambasuren Davaa, Mongolia, 2020), del mismo director que nos sorprendió y cautivó con su documental La historia del camello que llora.

Quiero destacar que estamos ante cine con mayúsculas, igual que sucedía con El informe Auschwitz; son películas que no se pierden en interminables metrajes -ambas rondan los noventa y cuatro minutos- ni en complicaciones innecesarias. Cuentan limpiamente sus historias, apoyándose ante todo en la imagen y despertando emoción y tensión, como defendía el maestro Hitchcock. Davaa, además, nos muestra que la poesía, cuando es verdadera, no necesita de la complicación ni del artificio. Lo más profundo suele ser lo sencillo, por eso nos pasa tan desapercibido.

La película me ha mostrado una realidad que desconocía y que su historia denuncia, la actuación de multinacionales mineras, como la angloaustraliana Río Tinto o la canadiense Turquoise Hill en Mongolia. Empresas que extraen cobre y oro a costa de la destrucción del hábitat y los medios de vida de los nómadas de las estepas, especialmente de la región de Gobi. Generan un problema añadido debido al agua que necesitan para lavar el mineral, unos trescientos metros cúbicos por minuto. Para obtenerla desvían el cauce natural de los ríos y luego la vierten, sin mucho disimulo, contaminando los acuíferos de la región y de todo el cauce subsiguiente. El gobierno habla de revitalizar la estepa, incluso legisla en tal sentido, pero tolera su destrucción haciendo la vista gorda. Con unas indemnizaciones que son calderilla para estas multinacionales, están acabando con modos de vida ancestrales y un paisaje singular, además de contaminar el auténtico tesoro que es el agua.

La tercera es El agente topo (Maite Alberdi, Chile, 2020) un documental con aspecto de ficción, también de metraje inusual en la actualidad -¡ni siquiera llega a los noventa minutos!-, que se ocupa del principal problema de los viejos en occidente, la soledad. Lo hace infiltrando un agente octogenario en una residencia de ancianos chilena y adaptándose a sus ritmos, a sus emociones y a sus luctuosos sucesos. Con tal maestría y sensibilidad que somos conscientes de haber contemplado la realidad, con su ternura y su crudeza inexorable.

Alberdi no se ocupa de toda la problemática de los ancianos internados en residencias, nada vemos sobre el gran negocio que hoy suponen para empresas multinacionales, que buscando el beneficio no pueden responder ante situaciones anormales. Lo presenciamos durante la pandemia, que supuso la muerte en soledad y con total desatención médica de veinte mil ancianos durante el 2020, especialmente en la comunidad de la libertad, cuya Consejería de Sanidad decretó un protocolo que supuso la muerte ¡en tan solo veinte días! de más de seis mil ancianos que no disponían de un seguro médico privado -siempre ha habido clases- Ofrendados a la Parca en completa soledad dentro de las celdas de estas empresas, defendidas por el citado protocolo oficial. Pero ya parece haberse olvidado, vistos los resultados de las últimas elecciones, o tal vez sea que los ancianos no merecen atención salvo cuando son rentables. Miopes ambas visiones, especialmente si consideramos que la vejez, más que nuestro futuro, es nuestro presente: el 21% de la población de nuestro país tiene más de 65 años de edad y los menores de treinta no alcanzan siquiera el 30%

El problema de la soledad está presente con tal fuerza en occidente que algunos países, como Japón e Inglaterra, cuentan con un Ministerio de Soledad. Hay dos grupos de población entre los que más se extiende la soledad no deseada, los viejos y los adolescentes; grupos que ofrecen las más altas tasas de suicidio; así en 2021 casi mil personas de más de setenta años  y trescientos dieciséis de entre quince y veintinueve años se suicidaron en España.

La cuarta que considero, además de buena, una película necesaria es El olvido que seremos (Fernando Trueba, Colombia, 2020). Se trata de una biografía parcial del médico colombiano Héctor Abad Gómez, asesinado a tiros en 1987 en Medellín. Ni era un político, ni tampoco un revolucionario al uso, por origen, posición y actividad era un humanista liberal, que de hecho militó en el Partido Liberal Colombiano. Su revolución consistió en ser buena persona, íntegro, veraz y defensor de los derechos humanos, especialmente del número 25, que se ocupa de la salud y la atención médica. Luchó pacíficamente, con la palabra, por la salud pública para todos los colombianos. Desgraciadamente, la promoción de políticas de salud destinadas especialmente a quienes más lo necesitan -como es lógico- en lugar de a las élites privilegiadas, políticas que redundaban en beneficio de toda la sociedad, era intolerable para la extrema derecha en los años ochenta, pues destrozaba la jerarquía “natural” de la sociedad. Hoy las derechas, extremas o moderadas, lo siguen considerando intolerable, aunque la razón sea otra, estorban el lucrativo negocio de las empresas sanitarias.

Trueba presta atención por igual al compromiso socio-político de Abad y a su vida familiar, construyendo así un relato más humano y creíble, además de fiel al libro en que se basa y del cual adopta también el título, escrito por el hijo pequeño del médico, Héctor Abad Faciolince.


Cine de calidad preocupado por nuestro presente y constructor de mundos mejores. Cada una de ellas sigue un camino diferente, desde el realismo hasta el documental, pasando por la biografía. Disfruté descubriendo horizontes que desconocía con Queso de cabra y te con sal; recibí una lección de historia y de humanidad con El olvido que seremos; despertó mi ternura y sensibilidad hacia los viejos con El agente topo; y profundi en temas que me preocupan hace tiempo con El informe Auschwitz. Las cuatro me encantaron y en nuestro dos mil veintitrés me parecen totalmente necesarias.

Olimpiadas. Futbol

 Comparto estas dos reflexiones que publiqué en elDiario. Una sobre actividades educativas que escapan de la escuela y otra sobre los problemas del omnipresente futbol, como el racismo:


https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/olimpiadas-pensamiento_132_10093847.html

https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/futbol-genera-racismo_132_10245082.html

16 de marzo de 2023

Escuelas obesas


 

Comparto esta reflexión que publico en elDiario sobre la capacidad de la escuela en la sociedad y el conocimiento que la sociedad tiene de la escuela:

https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/escuelas-obesas_132_10037283.html

7 de marzo de 2021

Mercado educativo


Hace tiempo que nuestro mundo, cada vez más globalizado, se puso las gafas del reduccionismo economicista y ve la realidad, sea la social o la personal, del color de las transacciones económicas. El reduccionismo se duplica al calarse la visera del modelo económico de mercado, cuya sombra se nos vende como la única capaz de proteger la mirada.

Este modo de abordar la realidad no solo impide una adecuada visión de la misma, sino que además la altera y transforma desde sus creencias, las cuales nunca ha justificado.

Cuando esta mirada economicista recae sobre la eduación, la reduce a una relación mercantil en la cual tan solo algunos ciudadanos, los alumnos y sus padres, son clientes del sistema educativo producido y ofertado por el estado. No solo impide que entendamos el papel que esta desempeña en la sociedad y su función en el proceso socializador del humano, sino que pervierte el funcionamiento del sistema educativo en su conjunto, al pretender regirlo por las leyes del mercado.

Todo buen empresario quiere vender y puesto que el cliente siempre lleva la razón, nuestros dirigentes buscan hacer su producto atractivo para la clientela cediendo sistemáticamente en dos áreas: las demandas, como la de más días lectivos (asimilados a días de cuidado de hijos), y los problemas, como el del fracaso escolar (asimilado con el número de suspensos y, por causa de estos, con la repetición de curso).

Nuestras autoridades educativas, culpan reiteradamente a los docentes y les imputan toda responsabilidad respecto a ambas áreas. Actuando como esos jefes que siempre culpabilizan a sus subalternos para así dejar a salvo su autoridad y competencia.

De este modo generan un enfrentamiento entre empleados/vendedores, papel al cual reducen a los docentes, y usuarios/consumidores, papel al cual reducen a padres y alumnos, que pervierte las relaciones dentro de la escuela. Así, la dinámica docente/estudiante se envuelve con una hostilidad que se extiende también a la dinámica docente/padres y, en la misma lógica mercantilista, se prolonga en una creciente judicialización, como si de un conflicto de intereses se tratase. La relación maestro/alumno, ayudados ambos por los padres, no encaja en la perspectiva economicista.

No consideran si las demandas competen al estado, como tampoco analizan si los problemas realmente son tales. El temor a dar una mala imagen como gestores de la empresa se lo impide, y ceden ante cualquier demanda respaldada por asociaciones de padres o por grupos de poder, especialmente si viene jaleada por los medios de comunicación. Ello impide el análisis de las causas y la búsqueda de las soluciones para los  problemas reales. La racionalidad y la conveniencia de lo demandado para el conjunto de la sociedad, pasan a segundo plano ante el ruido mediático que perjudica al negocio educativo.

Estas gafas y esta visera ocultan la necesaria función de la educación para el conjunto de la sociedad, no sólo para quienes en el presente son padres con hijos estudiantes. Hacen olvidar que la formación es diferente de la titulación y, para colmo, reducen la escuela a un negocio de venta de títulos: el de primaria, e.s.o., bachillerato, grados profesionales y universitarios, hasta los de postgrado, con el título rey, el del master (no resulta extraño que más de uno lo adquiera de modo fraudulento, quien sabe con qué oculto pago).

La educación presenta una riqueza tan grande, una complejidad de factores, actores y objetivos, además de una importancia tan decisiva para la sociedad, que no puede entenderse ni practicarse desde la miope visión economicista.