¡Hay que ver cómo es el
día a día de la vida! Las urgencias nos van arrastrando como un río
desbordado, como un torrente cuando cae una tormenta de verano, y el
paseo se convierte en marcha vertiginosa, sin reparar en el camino
por el que íbamos, por el que nos gustaría ir.
Hemos de soltar lastre
para no ahogarnos y recordar que lo hemos soltado, o no podremos
luego recuperarlo cuando las aguas vuelven a su cauce.
No es de balde navegar
por este rio: ensucia, mella y deforma lo que somos por completo.
Desgasta, mas embellece, con esa hermosura nacida de la erosión, tan
propia de lo vivo.
Con los años uno va perdiendo
seguridades en vez de alcanzarlas, parece mentira, pero sucede. Sin
embargo hay una excepción, la sospecha creciente de que el mal no es
sino un modo, o tal vez una consecuencia, de la estupidez.
Que engañado estaba el pobre don
Renato cuando proclamaba: “el buen sentido (le bon sens) es
la cosa mejor repartida del mundo.” La razón, en resumidas
cuentas, como don universal del ser humano.
Por desgracia, un refrán popular que
en otro tiempo me parecía un chiste, se me va presentando como una
verdad manifiesta: “cada día que amanece el número de tontos
crece.”
Mas no he de ser injusto, doy la razón
a don Renato en lo referido a la intuición, porque certezas como
esta se nos presentan en una captación inmediata, palmaria y
aplastante, alejando cualquier suerte de duda. Son pocas,
ciertamente, pero producen un picor de ojos que nos libra de
cualquier escepticismo gnoseológico, no así de otros.
El
brillo de una pulida calva atrajo mi mirada, gafas
rectangulares, cuello alto, maqueado como de costumbre, estaba tomando un
vino de naranja en el ambigú. Pedí lo mismo y me acerqué con
intención de entablar conversación, ¡no podía dejar pasar la
ocasión!
Hablamos
del poder, no podía ser de otro modo, de su tentacular polimorfismo
y de lo bien plasmado que estaba en la película. Ese oscuro tejido
cubierto del polvo gris de cuarenta años de dictadura. Es cierto que
la precedía largamente, pero también que su aspecto resultaba más
mugriento tras ella. así en las relaciones hiladas a las orillas del
Guadalquivir, tan castigadas por el rostro más identificable del
poder, el de la fuerza bruta que sustentó la nueva autoridad,
mercenaria y fascista, venida desde África.
-¡Un
par de vinos más! por favor.
Y
del poder pequeño, instalado en lo cotidiano: del miedo de las mujeres a
sus propios maridos, que las lleva a mantener en secreto la declaración a los
policías, pues sospechan de quienes comparten casa y cama con
ellas.
Animados
por otros dos vinos más hablamos del pueblo, sus tierras, ¡tan hermosas
desde el aire! y de los oscuros vínculos tejidos en ellas por los
señoritos de siempre; de nuevos señoritos que compran las cosechas
producidas por el sudor ajeno a un precio abusivo, seguros de que será
aceptado como último asidero para seguir malviviendo por quienes les
odian y reverencian a la vez.
También
de esos nuevos dominadores, que nacen a su sombra, como esas plantas
que se aprovechan del manto preparado por los árboles; vampiros
de la necesidad ajena, hija de la falta de horizontes y del deseo de
escapar hacia una nueva vida. Explotadores sexuales de jóvenes
ingenuas, que son el desencadenante de la trama de la película.
De
quienes tratan de salir del juego mercando con drogas y construyen un nuevo círculo
que, inevitablemente, forma intersecciones con los otros juegos de poder:
guardia civil, policía, señoritos, intermediarios y proxenetas
chantajistas.
Terciopelo
Azul y sobre todo Twin Peaks desfilaron ante las pupilas
de nuestra memoria.
¡Que grande Lynch! exclamamos, y pedimos otras
dos copitas de vino de naranja.
Discutimos sobre si el pájaro y el
caballo eran más lynchianos o europeos, tirando a Buñuel; si el
peinado del policía reciclado de la político-social era demasiado
tópico o si lo perdonábamos por lo bien que le sentaba.
Alzamos
las espadas porque la persecución nocturna por los canales entre el
chrysler del policía y el dyane 6 del asesino para mí fue una
pequeña maravilla, mas para él nada tenía que hacer ante las
persecuciones de coches que rueda Hollywood. Así que pedimos otros
dos y brindamos por las fidelidades y traiciones de la pareja de
policías. Uno mujeriego, mentiroso, facha engominado y heredero del
hacer de la dictadura. El otro, ejemplo de los nuevos modos, ha
pactado con la prensa amarilla y se ha mostrado brutal al tratar con
sospechosos. Los dos llevan un bigote muy parecido.
Otro
vino más y la isla comenzó a transformarse en barco mínimo.
No
hay caminante con visión privilegiada ni olfato seguro; maleza y
podredumbre ocultan un camino inexistente que espera ser abierto.
Cualquier viaje, también el interior, lo es entre la niebla, aunque
algunos días el sol sea radiante.
El
viajero que lo inventa necesita, tanto como nosotros escucharlo,
relatar los horizontes perseguidos. Días de huida y también de
fiesta; noches de insomnio y otras breves como caricias.
Odiseo
simboliza un doble viaje, el exterior, poblado de aventuras,
peligros, y el interior, existencial, de autoconstrucción. Mas para
que exista cualquiera de ellos, el viajero ha de permanecer
identificable a pesar de su metamorfosis, como ya nos mostró el
viejo Aristóteles al atreverse a explicar el cambio.
¿Qué
otra cosa nos permite reconocer a un humano sino las huellas de su
pasado? Sin las marcas que identifican al viajero su relato no sería
sino un cuento inventado por un extraño, por alguien que carece de
identidad. Nada podría ofrecernos, salvo un pasatiempo.
También
Odiseo necesita mostrar sus huellas credenciales, pues gracias a
ellos podrá su relato ser su historia y le permitirá afrontar el
retorno, transformado por el tiempo y la ausencia.
Penélope,
la espectadora inteligente de lo narrado, puede entender la vuelta
del extraño viajero y apropiarse su historia, porque nace de un
pasado común.
Sabe,
además, que reconocer sus cicatrices permite abrir heridas nuevas,
romper el círculo monótono tejido de día y destejido de noche,
para trazar un futuro compartido.
El paisaje implica
espacio, un espacio donde estamos inmersos y, por tanto, articulados
en una relación mutua que nos absorbe. Ante un cuadro, una
fotografía o una ventana -no deja de ser un cuadro hiperrealista-
somos espectadores, seres ajenos con el poder de desconectar, porque
se trata de una representación. Frente a la parcialidad de la
mirada, el paisaje obliga la totalidad de nuestros sentidos, y
también nuestra sensibilidad entera. Su contemplación exige una
participación inmersa, “las perspectivas se multiplican, el
paisaje entra a través de todos los sentidos en la subjetividad, y
la relación cognoscitiva adquiere una multidimensionalidad
simultánea ...” decía Luis Cencillo en el año 1971.
Teniendo que estar
dentro, no habrá paisaje si no lo contemplamos como espectáculo, si
no resultamos, a la vez, ajenos a ese espacio que nos implica.
Actores y espectadores a un mismo tiempo, si no queremos dar paso
bien a su representación gráfica, -pictórica, fotográfica o
cinética- bien a su desaparición -cerrados los ojos de espectador,
la mirada estética-.
El horizonte, elemento
necesario de esta inmersión parcial, implica el viaje como condición
de su renovación y perpetuación. Siempre estático, perennemente
esquivo, perseguimos su lejana hermosura, y en este acto, resulta
tan modificado como puesto a salvo. La distancia que separa fondo
estático y aproximación imperfecta, alumbra la perspectiva,
forzosamente cambiante, transitada por el semiactor, semiespectador
que lo construye.
Un último elemento
cierra esta trinidad, es la duración del proceso. Deteniéndose y haciendo surgir las figuras en cada pausa, la mirada construye el
camino infinito hacia el fondo. Y con esta obligada dilatación se
trama, en la urdimbre espacial, la realidad existencial de todo
paisaje.
No es casual, quien llevó las
fronteras de Roma a su máxima expansión. ¡El gran emperador
hispano! Obligado primero a vivir de migajas y acabar al fin privado
de tan grosero sustento.
Del cine al aire libre de tu columna, a
la sombra que guarece miradas lascivas y encuentros clandestinos. De la sombra, al olvido.
Con
frecuencia he creído entender significados que la perspectiva de los
años me ha mostrado bien distintos. He caído en la cuenta de que la
vivencia propia, en primera persona, arroja una luz a la comprensión
que nadie, salvo ella misma, puede conceder. El tiempo y su
transcurrir, enigmáticamente desigual a lo largo de la vida,
pertenece a estos significados huérfanos de maduración.
Vladimir
Jankélévitch me enseñó que la novedad del instante, bisagra del
presente, construye el fluir temporal humano. Pero ha sido este mismo
fluir el maestro que ha logrado hacerme articular informaciones
prestadas y vivencias propias.
Es
la novedad quien construye mi vida y la hace mía, mi biografía. Mas
toda novedad depende, en primer lugar, de quien la vive, y la vida de
la infancia es tan menesterosa como insaciable de experiencias. Un
torrente casi continuo de novedad nutría mi construcción, y ni
siquiera mis juegos preferidos, mis canciones familiares, o mis
meriendas favoritas, lograban trazar una sombra de monotonía en el
transcurrir de días largos, hechos de instantes fugaces. El tiempo
resultaba, incomprensiblemente, tan grande en la espera de lo
anhelado, como diminuto en las actividades que me ocupaban. Incluso
las horas de hastío (acompañadas de moscas machadianas) eran largas
no por su transcurrir mismo, sino por la tardanza del futuro deseado,
que solía ser -con frecuencia- hacerme mayor.
La
monotonía y el aburrimiento tan sólo han sido posibles al crecer,
cuando por fin me he hecho adulto y he invertido la relación (aún
no se cómo): ahora la sucesión de instantes resulta
insoportablemente alargada, y sin embargo, al mirar atrás, me
sorprenden los años transcurridos. La luz se encendió cuando me
convertí en trabajador, no solo de los meses del verano, sino
continuado, y un día “el calor, el hastío, la fatiga le revelaban
su maldición, la del trabajo estúpido que daba ganas de
llorar, cuya monotonía interminable consigue hacer que los días
sean demasiado largos y la vida demasiado corta.” (Camus: el
tercer hombre).
Me
explico así porqué cuanto más cerca de mi niñez el tiempo se
estiraba, preñado de largas semanas e inmensos años, y cuanto más
próximo a mi adultez (e incluso ya a la vejez) más se me encoge.
El
viajar me lo confirma: cuando viajo a un lugar nuevo, aunque sea tan
sólo por una semana, los días son fugaces, plenos de novedad y
carentes de aburrimiento. Pocos días después del regreso aquella
semana se me antoja un período dilatadísimo, como si el viaje
hubiera durado meses. Sin embargo, si esa misma semana la empleo en
hacer apenas nada, los días monótonos se alargan, empapados de un
tedio taciturno, y cuando vuelvo la vista me parece que comenzó ayer
mismo.
Primo
Levi y Victor Frankl vivieron semanas fugaces compuestas por días
interminables. Cada jornada, monótona, indiferente e indiferenciada,
reducida a continua lucha por la supervivencia, carecía para ellos
de novedad alguna y, en consecuencia, era como si no transcurriese.
Estas vivencias experimentadas dentro del espacio vacío,
inhabitable, de los campos de exterminio, muestran un helador extremo
del transcurrir temporal: la cristalización del presente, donde ni
siquiera cabe el tedio. Porque la falta completa de futuro no daba
lugar al aburrimiento, sino que dejaba paso, bien a una absoluta
desolación, como sucedía a los “musulmanes”, bien a una
obstinada y mecánica supervivencia.
Me
desazona, sobre todo, barruntar que este extremo puede darse, aunque de
una forma amable, en la vida de cualquiera; en la tuya y en la mía.